Matthias volvió a besarla antes de apartarse finalmente y permitir que se levantara. Davinna aprovechó para dirigirse al vestidor, todavía irritada por aquella sonrisa de satisfacción que él parecía incapaz de borrar de su rostro. No pensaba concederle otra victoria aquella mañana, mucho menos después de descubrir que había tenido el descaro de trasladarla de habitación mientras dormía. Sin embargo, cuando Matthias se acercó por detrás y le dejó un beso sobre el hombro, ella terminó sonriendo antes de apartarlo con el codo y ordenarle que se vistiera de una maldita vez.
Casi cuarenta minutos después, ambos bajaron al comedor. Davinna llevaba un vestido de punto color crema que se ajustaba suavemente a su vientre, cada vez más pronunciado, y había recogido parte de su cabello con una pinza. Matthias, por su parte, vestía pantalones negros y una camisa azul oscuro, con el reloj de siempre ajustado a la muñeca. Una de las empleadas terminó de colocar el desayuno mientras Gemma preguntaba a Davinna si deseaba algo especial, aunque esta aseguró que tenía suficiente con la fruta, los huevos y las tostadas que habían preparado.
Sicario apareció antes de que terminaran de acomodarse. El pequeño capuchino atravesó el comedor con su habitual chaleco de cuero y trepó a una de las sillas cercanas a Davinna, reclamando inmediatamente su atención. Ella soltó una carcajada y le acarició la cabeza antes de acercarle un pequeño trozo de plátano de su propio plato. Matthias observó la escena mientras se servía café, convencido de que aquel animal había desarrollado una habilidad extraordinaria para conseguir todo lo que quería de Davinna sin recibir una sola reprimenda.
—Vas a terminar malcriándolo, pastelito. Antes por lo menos fingía que me respetaba, pero ahora parece convencido de que esta casa le pertenece —comentó Matthias mientras Sicario aceptaba el trozo de fruta y lo examinaba con evidente interés.
—Quizá deberías aprender de él. Sicario sabe comportarse cuando quiere algo —respondió Davinna con una sonrisa burlona, provocando que Matthias levantara una ceja.
—Ese pequeño desgraciado me robó un reloj que cuesta más que algunos automóviles y lo escondió dentro de una maceta. No creo que sea el mejor ejemplo de buen comportamiento —replicó, observando cómo el mono se llevaba tranquilamente el plátano a la boca.
Davinna soltó una carcajada y continuó desayunando. Durante unos minutos hablaron de cosas sin importancia, hasta que Matthias dejó su taza sobre el plato y la observó con una seriedad que consiguió llamar su atención.
—He estado pensando en lo que me dijiste sobre La Dolce Vite —comenzó, apoyando los antebrazos sobre la mesa mientras ella levantaba la mirada—. Sé lo importante que es esa pastelería para ti, Davinna. La construiste tú sola, has trabajado demasiado para mantenerla y no voy a pedirte que abandones algo que te hace feliz únicamente porque ahora vives conmigo.
Davinna dejó de mover el tenedor. No había esperado escuchar aquellas palabras, especialmente después de las discusiones que habían tenido por su seguridad. Matthias siempre encontraba una razón para mantenerla cerca y, aunque comprendía que sus enemigos representaban un peligro real, comenzaba a sentirse incómoda con la idea de depender de él incluso para decidir cuándo podía salir.
—¿Eso significa que puedo volver a trabajar? —preguntó, estudiando su expresión para asegurarse de que no estaba preparando alguna condición imposible de aceptar.
—Significa que puedes regresar a tu pastelería y continuar ocupándote de tus negocios. No tengo intención de encerrarte aquí, pero voy a aumentar tu seguridad. Habrá más hombres vigilando el establecimiento, Elio continuará acompañándote y ninguno de tus desplazamientos se hará sin que mis hombres conozcan el recorrido —respondió Matthias con firmeza, dejando claro que aquella parte de su decisión no estaba abierta a demasiadas negociaciones.
Davinna frunció ligeramente el ceño. No le molestaba tener protección, pero tampoco deseaba que sus clientes comenzaran a sentirse incómodos cada vez que entraran a comprar un pastel. La Dolce Vite era un lugar cálido, lleno de familias, parejas y personas que buscaban algo dulce para acompañar el café. No quería convertirlo en una fortaleza custodiada por hombres armados.
—Aceptaré que aumentes la seguridad, pero no quiero guardaespaldas dentro de la cocina ni hombres intimidando a mis clientes. Chiara y las demás empleadas tienen suficiente trabajo como para soportar que tus sicarios comiencen a darles órdenes —advirtió, señalándolo con el tenedor mientras Matthias la observaba con una expresión divertida.
—Mis hombres no van a intervenir en tu trabajo. Dos permanecerán cerca de la entrada, otros vigilarán los alrededores y Elio estará disponible cuando lo necesites. Nadie va a tocar tus pasteles ni a molestar a tus empleados —aseguró Matthias antes de inclinarse ligeramente hacia ella—. Pero si ocurre algo extraño, quiero que me llames inmediatamente. No después de intentar resolverlo tú sola ni cuando consideres que el problema se ha vuelto demasiado grande.
Davinna sostuvo su mirada durante unos segundos. La actitud posesiva de Matthias podía resultar exasperante, pero al menos aquella mañana estaba dispuesto a escucharla. Además, después de todo lo ocurrido con Bianca y los Vitale, sería absurdo fingir que no existían riesgos. Terminó asintiendo mientras recuperaba su taza.

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