Davinna despertó lentamente al sentir una caricia sobre su espalda. Todavía tenía los ojos cerrados y la mejilla apoyada sobre el pecho de Matthias, cuyo brazo la rodeaba por la cintura. Soltó un pequeño suspiro, deslizó una mano sobre su abdomen duro y terminó abrazándolo con más fuerza, acomodando una pierna entre las suyas mientras escondía el rostro contra su cuello. El calor de aquel hombre resultaba demasiado agradable como para desperdiciar la oportunidad de permanecer unos minutos adicionales en la cama.
Mientras su mano recorría el contorno firme de su torso, sintió cómo la tensión en los músculos de Matthias aumentaba. Al descender un poco más por sus costillas, notó la rigidez de su abdomen y el cambio en la respiración del capo, que se volvió pesada y profunda. El contacto suave de los dedos de ella sobre su piel provocó una reacción inevitable e incontrolable. Su pene se puso muy duro.
—Carajo... —masculló Matthias en un susurro ronco, apretando la mandíbula mientras sentía la sangre arderle en las venas ante el roce casual de la chica.
Matthias llevaba un rato despierto, pero no había hecho ningún intento por levantarse. Se limitaba a acariciarle la espalda, disfrutando de la manera en que Davinna se acomodaba contra él sin necesidad de que la buscara. Cuando ella le dejó un beso distraído sobre el pecho, tuvo que contener una sonrisa. La misma mujer que lo había expulsado del dormitorio principal parecía bastante interesada en mantenerlo abrazado durante toda la mañana.
—Buenos días, pastelito —murmuró, deslizando los dedos entre sus cabellos antes de depositarle un beso sobre la frente.
—Buenos días —respondió Davinna con voz adormilada, apretándolo un poco más entre sus brazos—. Deja de moverte, todavía tengo sueño.
Matthias soltó una risa baja y obedeció, aunque no perdió la oportunidad de acomodarla mejor contra su cuerpo. Permanecieron así durante varios minutos, hasta que Davinna abrió los ojos y comenzó a observar distraídamente lo que la rodeaba. Primero descubrió unas cortinas que no reconocía, después una pintura que jamás había visto sobre la pared y finalmente una puerta situada en el extremo contrario al baño de su dormitorio. Frunció el ceño, levantó lentamente la cabeza y miró a Matthias, quien tenía una expresión demasiado satisfecha para tratarse de una simple coincidencia.
—¿Dónde demonios estamos? —preguntó, incorporándose sobre un codo mientras examinaba nuevamente la habitación.
—Estamos en la habitación de invitados, por supuesto —respondió Matthias con absoluta tranquilidad, como si aquella explicación fuera suficiente para resolver cualquier duda.
Davinna tardó unos segundos en comprenderlo. Recordaba perfectamente haberse acostado en el dormitorio principal después de cenar, y también recordaba haberle dejado muy claro a Matthias que tendría que dormir en otra habitación hasta que ella decidiera perdonarlo. Sin embargo, allí estaba, acostada a su lado y, para colmo, abrazándolo como si no hubiera ocurrido absolutamente nada.
Al moverse sobre la cama para sentarse, la sábana se deslizó y la cadera de Davinna rozó la entrepierna de Matthias. Fue entonces cuando abrió los ojos de par en par al percatarse de un detalle ineludible: debajo de la cobija no había ninguna tela que los separara. La erección gruesa, rígida y caliente de Matthias presionaba firmemente contra su muslo.
—¡Estás desnudo! —exclamó Davinna, dando un respingo y mirándolo con una mezcla de sorpresa e indignación.
Matthias ni se inmutó. Mantuvo la cabeza apoyada sobre la almohada y una sonrisa descarada se le dibujó en los labios.
—El bóxer me estaba apretando —respondió con una serenidad exasperante, recorriendo el cuerpo de ella con la mirada—. Además, no me digas que no te encantó tenerlo así. Me tocaste en varias ocasiones mientras dormías y no vi que te quejaras.
Davinna sintió que la cara le ardía de rabia y vergüenza al recordar lo bien que se había sentido acurrucarse contra él durante la madrugada.
—¡Eres un maldito! —le dijo, apretando los dientes.
Sin embargo, la cercanía, la imagen de él completamente al descubierto y la carga de adrenalina matutina crearon una chispa incontrolable.
Matthias soltó un gruñido bajo contra sus labios. Atrapó su cintura con fuerza bruta y la giró sobre el colchón en un movimiento rápido, quedando sobre ella. La boca de Matthias descendió de sus labios a su cuello, mordisqueándole la piel con una voracidad salvaje que le sacó un jadeo agudo a Davinna. Sus manos grandes bajaron hasta la cadera de ella, despojándola de la delgada prenda que llevaba hasta dejarla igual de desnuda.
El contacto de piel contra piel fue eléctrico. Davinna ahogó un gemido cuando Matthias abrió sus muslos y posicionó su miembro enorme y caliente en su entrada húmeda. Sin rodeos ni preámbulos lentos, se hundió en ella de un solo empujón profundo.
—Maldita sea, Davinna... estás tan apretada —siseó él con la voz rota, tomándola del rostro mientras empezaba a embestirla con un ritmo duro y dominante.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Heredero del Arrogante Millonario