Salvatore Vitale llevaba horas encerrado en una instalación subterránea perteneciente a los Angelini. Había perdido la noción del tiempo desde que sus hombres fueron abatidos durante la ceremonia y lo sacaron por la fuerza del lugar donde había visto morir a su hija.
Cuando la puerta se abrió, levantó inmediatamente la cabeza.
Matthias entró acompañado por dos hombres. Llevaba una camisa negra limpia y ninguna señal visible del cansancio que debería haberle provocado aquella jornada. Se detuvo frente a Salvatore, observándolo durante unos segundos antes de hacer un movimiento hacia la entrada.
Los hombres trajeron una camilla cubierta con una sábana.
Salvatore se incorporó cuanto le permitieron las ataduras. Había reconocido la forma que permanecía debajo de la tela incluso antes de que uno de los hombres la retirara.
Bianca todavía llevaba el vestido de novia. La tela blanca estaba manchada de sangre y el rostro de la joven permanecía inmóvil. Los hombres habían acomodado su cuerpo para trasladarlo, pero nadie se había molestado en cambiarle la ropa. El vestido que había elegido para convertirse en señora Angelini era el mismo con el que había muerto.
Salvatore dejó escapar un sonido ahogado. Durante varios segundos pareció incapaz de comprender lo que tenía delante, aunque había presenciado su muerte con sus propios ojos. Se sabía que había sido arrojada a un canal. Pero ahora veía que Matthias podía ser mas sádico de lo que se veía poniéndole a la hija ante sus ojos. Verla allí, tan cerca y completamente inmóvil, convirtió aquel recuerdo en algo definitivo.
—Bianca… —murmuró, intentando levantarse mientras las cadenas se tensaban y le impedían acercarse.
Matthias observó la escena sin intervenir.
—Es una pena que nuestras familias no llegaran a emparentar, Salvatore —comentó mientras uno de sus hombres retiraba la camilla lo suficiente para dejar espacio entre ambos—. Pero las ratas no forman parte de mi familia. Y tú pretendías que aceptara a una bajo mi apellido.
Salvatore levantó la cabeza con los ojos enrojecidos.
—¡Maldito seas, Angelini! —rugió, forcejeando con tanta violencia que la silla se desplazó ligeramente—. ¡Era mi hija! ¡La asesinaste delante de mí, hijo de puta! ¡Te juro que voy a destruirte!
Matthias sacó un puro del bolsillo interior de su chaqueta. No mostró ninguna reacción ante las amenazas mientras lo preparaba con movimientos tranquilos.
—Tu hija participó en la conspiración que terminó con la vida de Leonel —respondió, encendiendo el puro antes de levantar nuevamente los ojos hacia él—. Y después permitió que tus hombres buscaran a Davinna para asesinarla junto con mi hijo. No voy a fingir que Bianca era una inocente solamente porque tú la querías.
Salvatore miró nuevamente el cuerpo de su hija. El dolor que le provocaba verla había comenzado a mezclarse con una rabia que apenas conseguía controlar.
—¡Tu hermano está muerto y seguirá muerto! —escupió, intentando herirlo con las únicas armas que todavía conservaba—. ¡Matar a Bianca no va a devolvértelo!
Matthias expulsó lentamente el humo.
—Lo sé. Pero tú vas a pagar por lo que hiciste.
Salvatore soltó una carcajada desesperada.
—¡Entonces mátame! ¡Hazlo de una maldita vez! —exigió, sacudiendo las cadenas mientras Matthias permanecía frente a él—. ¡No voy a suplicarte!
Matthias lo estudió durante unos segundos. No esperaba súplicas ni tampoco una confesión. Salvatore había construido su poder sobre la capacidad de mantener secretos y sacrificar a otros hombres para conservarlos. Aunque conociera la identidad de Lo Sciacallo, era poco probable que entregara aquella información voluntariamente. Además, mantenerlo con vida empezaba a representar una desventaja que Matthias no estaba dispuesto a aceptar.
Con Devora era diferente. Ella seguía siendo una pieza útil para controlar los movimientos de Cesare Morello. Salvatore, en cambio, era un enemigo derrotado, un capo que había participado en el asesinato de Leonel y después había intentado eliminar a la mujer que llevaba al heredero Angelini. Si permitía que continuara respirando indefinidamente, las demás familias comenzarían a preguntarse por qué. Algunos interpretarían aquella decisión como prudencia, pero otros la considerarían una señal de debilidad. Matthias no tenía intención de permitirlo.
—Hay una última cosa que puedes decirme antes de morir —comentó, acercándose lo suficiente para que Salvatore pudiera verlo claramente—. ¿Quién es Lo Sciacallo?
Salvatore levantó lentamente la cabeza. La expresión cambió en su rostro. No fue sorpresa, sino reconocimiento, y Matthias lo advirtió inmediatamente.

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