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El Heredero del Arrogante Millonario romance Capítulo 109

Los ojos de Devora regresaron hacia él. Seguía intentando mantener la espalda recta y la expresión firme, pero la amenaza anterior había conseguido borrar parte de la seguridad con la que había confesado sus sentimientos. Matthias lo notó y no sintió absolutamente nada. Que aquella mujer asegurara amarlo no modificaba ninguno de los hechos que la habían llevado hasta allí.

—¿Qué quieres saber? —preguntó Devora, recuperando poco a poco la compostura mientras entrelazaba las manos sobre su regazo.

Matthias la contempló durante un momento. La confesión de amor explicaba algunas de las estupideces que había cometido durante los últimos meses, pero no las justificaba. Mucho menos después de haber puesto a Davinna y a su hijo en peligro.

—Todo —respondió finalmente, acomodándose nuevamente frente a ella mientras estudiaba cada pequeño cambio en sus facciones.

Devora soltó una risa amarga. Todavía le dolía la indiferencia con la que Matthias había recibido sus sentimientos, pero se negó a permitir que lo notara. Si esperaba verla suplicar por una oportunidad que nunca le había dado, podía seguir esperando.

—¿Te interesa saber con quién me acostaba? —preguntó, levantando la barbilla como si todavía pudiera provocarlo y conseguir alguna reacción que demostrara que no había sido completamente invisible para él durante todos aquellos años.

Matthias ni siquiera pestañeó.

—Me importa una m****a a quién le abrías las piernas —contestó con frialdad, acercando la silla hasta quedar frente a ella y apoyando una mano sobre el respaldo—. Pero quiero saber qué información salió de tu boca mientras lo hacías.

La expresión de Devora se endureció inmediatamente. Podía soportar que la despreciara, incluso que utilizara su relación con Salvatore para humillarla, pero no estaba dispuesta a aceptar una acusación que insistía en considerar falsa.

—Ninguna —respondió sin vacilar, sosteniéndole la mirada.

Matthias permaneció callado. Había interrogado a suficientes personas para saber que la seguridad no demostraba inocencia. Algunos mentían mejor cuando llevaban años repitiéndose la misma mentira.

—Piénsalo mejor —le advirtió, inclinándose apenas hacia ella.

—No necesito pensarlo. Jamás le entregué información sobre los Angelini —insistió Devora, pronunciando cada palabra con firmeza—. Puedes acusarme de haberme acostado con Salvatore. Puedes acusarme de odiar a Bianca o de haber querido sacarla del camino. Pero no le entregué secretos de esta familia.

Matthias la observó durante unos segundos más antes de volver la cabeza hacia la puerta.

—Francesco —llamó con suficiente volumen para que el hombre que esperaba afuera pudiera escucharlo.

La puerta se abrió casi inmediatamente. Francesco entró acompañado por uno de los hombres y bastó un pequeño movimiento de cabeza de Matthias para que ambos comprendieran qué debían hacer. El consigliere apartó la mesa mientras el otro hombre colocaba una pesada silla metálica en el centro de la habitación.

Devora miró primero la silla y después a Matthias. La desconfianza sustituyó rápidamente a la irritación.

—¿Qué demonios estás haciendo? —preguntó mientras se levantaba antes de que pudieran acercarse. Dio un paso hacia atrás, pero se obligó a mantener la barbilla levantada.

Matthias permaneció donde estaba.

—Comprobando cuánto confías en tu propia versión —respondió con tranquilidad.

El hombre sujetó a Devora por los brazos y la obligó a sentarse. Ella forcejeó inmediatamente, más enfurecida que asustada al principio, pero Francesco aseguró sus muñecas a los brazos metálicos de la silla y después inmovilizó sus tobillos. No había dolor todavía. Precisamente por eso la incertidumbre comenzó a trabajar por ellos.

—Suéltame, Matthias. Ya te respondí —exigió Devora, tirando de una de las correas hasta comprobar que apenas podía mover las manos. La humillación de encontrarse inmovilizada frente al hombre al que acababa de confesar que amaba resultaba casi peor que el miedo que empezaba a instalarse en su estómago.

Matthias se levantó y se acercó hasta detenerse delante de ella.

—Y vas a responder otra vez —replicó, observándola desde arriba.

Devora tuvo que levantar el rostro, respirando más deprisa por el esfuerzo que había hecho intentando liberarse.

Matthias extendió una mano hacia Francesco.

—Vamos a refrrscar sus ideas.

Devora frunció el ceño. Francesco tomó una pequeña cubeta que uno de los hombres había dejado junto a la pared y se la entregó. Solo entonces ella comprendió lo que pretendían.

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