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El Heredero del Arrogante Millonario romance Capítulo 108

Francesco salió del despacho pocos segundos después y lo encontró detenido al final del corredor, esperando frente a las escaleras que conducían a la planta inferior. No necesitó preguntarle qué quería. Había una sola persona dentro de aquella casa que justificaba la expresión que Matthias llevaba en el rostro.

—¿Dónde está Devora? —preguntó Matthias cuando Francesco llegó a su lado, manteniendo la mirada sobre las escaleras.

—En una de las habitaciones de seguridad. Hay dos hombres con ella desde que la trajimos —respondió Francesco mientras comenzaba a bajar junto a él, consciente de que la conversación que estaban a punto de tener llevaba demasiado tiempo pendiente.

Matthias había permitido que Devora permaneciera bajo el techo Angelini durante dos años porque eso era lo que correspondía. La muerte de Leonel no la había convertido en una mujer ajena a la organización. Una viuda no abandonaba aquel mundo simplemente porque enterrara a su marido. Mucho menos cuando había sido la esposa del antiguo capo y conocía nombres, negocios, propiedades, rutas, alianzas y secretos que jamás podían quedar fuera del control de la familia. De la mafia no se salía mediante un divorcio ni una mudanza. Se salía con la muerte. Mantener a Devora cerca había sido protección para ella, pero también una medida de seguridad para los Angelini.

Y ella había pagado aquella protección acostándose con uno de sus enemigos.

La puerta se abrió.

Devora estaba sentada frente a una mesa pequeña. Ya no llevaba el vestido elegante de la boda, pero tampoco tenía el aspecto derrotado que probablemente cualquiera habría esperado después de pasar horas encerrada. Se había recogido el cabello y mantenía la espalda recta. Cuando Matthias entró, sus ojos fueron directamente hacia él.

Francesco permaneció cerca de la puerta.

—Déjanos —ordenó Matthias, sin apartar la mirada de Devora.

Francesco dudó únicamente un instante antes de asentir. Los dos hombres salieron con él y la puerta se cerró, aunque todos permanecerían suficientemente cerca para intervenir si Matthias los llamaba.

Devora esperó.

Matthias tomó la silla que había frente a ella y se sentó.

—¿Vas a matarme? —preguntó Devora, sosteniéndole la mirada con una seguridad que no coincidía con la tensión de sus dedos bajo la mesa.

—Todavía no lo he decidido —respondió Matthias, apoyándose contra el respaldo sin mostrar prisa alguna.

Devora tragó saliva. Aquella respuesta debería haberla asustado, pero había algo que llevaba demasiado tiempo guardando y que, después de todo lo ocurrido, ya no tenía sentido seguir escondiendo.

—Te amo.

Matthias no se movió.

Ni siquiera cambió la expresión.

Devora había imaginado aquellas palabras demasiadas veces. En algunas fantasías él se sorprendía. En otras finalmente comprendía por qué ella había permanecido ese tiempo allí, por qué había rechazado oportunidades de rehacer su vida y por qué ninguna mujer que se acercaba a Matthias conseguía parecerle suficientemente buena.

La realidad fue mucho más cruel.

Matthias la observó como si acabara de decir algo completamente irrelevante.

—Ese fue mi único pecado —continuó Devora, y por primera vez apareció una grieta en su seguridad—. Amarte. Permanecer aquí porque te amaba. Esperar como una idiota mientras tú llevabas mujeres a tu cama sin mirar siquiera lo que tenías delante.

Matthias inclinó ligeramente la cabeza.

—Me drogaste, hija de puta.

La crudeza de la respuesta la golpeó.

Devora apretó los dientes.

—Y terminaste en la cama de la pastelera —escupió, incapaz de contener el veneno que le provocaba recordar aquella noche—. Qué conveniente resultó todo para ella —agregó con desprecio. Podía tolerar que Matthias follara con tanta mujer lo hizo. Pero ella era diferente, a Davinna le hizo un hijo y l a protegía como a ninguna otra.

La silla de Matthias se desplazó hacia atrás.

Devora apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que él estuviera frente a ella. Matthias apoyó ambas manos sobre la mesa y se inclinó lo suficiente para obligarla a levantar el rostro.

—Vuelve a hablar de Davinna de esa manera y te cortaré la lengua.

Devora dejó de respirar durante un instante.

No era una expresión.

No era una amenaza pronunciada por un hombre enfadado que después recuperaría la razón.

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