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El Heredero del Arrogante Millonario romance Capítulo 105

Davinna despertó con la sensación extraña de que algo no encajaba.

No abrió los ojos de inmediato. Permaneció inmóvil durante unos segundos, todavía atrapada entre el sueño y una cantidad considerable de recuerdos que comenzaron a regresar sin ningún orden conveniente. Matthias cubierto de sangre en la cocina. Bianca muerta. Los Vitale involucrados en el asesinato de Leonel. Una boda que nunca había sido realmente una boda. El agua de la ducha empapándole la ropa después de que aquel desgraciado la arrastrara con él. Sus besos. Sus manos. La forma en que ambos habían terminado dejando a un lado una discusión que, en realidad, seguía sin resolverse.

Davinna abrió finalmente los ojos y miró hacia el espacio vacío a su lado. La sábana estaba revuelta y la almohada todavía conservaba la marca de una cabeza que ya no estaba allí, pero antes de que pudiera preguntarse si Matthias se había marchado escuchó el sonido del agua proveniente del baño.

Cerró los ojos nuevamente.

—Mierda —murmuró, hundiendo parte del rostro contra la almohada mientras intentaba decidir si debía echarlo esa mañana.

Aunque por supuesto no se arrepentía. La forma en que Matthias la había follado casi toda la madrugada había sido deliciosa. Peri enojada estaba y una cosa nada tenía que ver con la otra.

Podía estar enfadada con Matthias, podía seguir pensando que había manejado todo como un maldito psicópata controlador y podía recordar perfectamente cuánto le había dolido creer que él estaba a punto de formar una familia con otra mujer, pero ninguna de aquellas cosas conseguía hacer que se arrepintiera de la noche anterior. Lo había deseado.

Había querido besarlo.

Había querido tenerlo cerca después de semanas obligándose a mantener una distancia que había resultado mucho más difícil de sostener de lo que estaba dispuesta a reconocer.

La puerta de la habitación se abrió antes de que pudiera seguir discutiendo consigo misma y Davinna se incorporó rápidamente, sujetando la sábana contra su cuerpo cuando Gemma entró cargando una pequeña bandeja. La mujer apenas necesitó un segundo para observar la cama desordenada, escuchar el agua de la ducha y regresar la mirada hacia Davinna. Sus labios comenzaron a curvarse.

—Ni se te ocurra —advirtió Davinna, señalándola con un dedo mientras sostenía la sábana con la otra mano.

Gemma bajó la mirada hacia la bandeja en un intento bastante mediocre de ocultar la sonrisa.

Había trabajado suficiente tiempo para los Angelini como para saber cuándo convenía guardar silencio, pero aparentemente aquella mañana su prudencia estaba teniendo dificultades.

—No he dicho nada —respondió mientras se acercaba a la cama y colocaba la bandeja sobre la mesa de noche.

—No necesitas hacerlo. Tienes toda la cara hablando por ti —replicó Davinna, observándola con desconfianza mientras Gemma sacaba un vaso con agua, sus vitaminas prenatales y el medicamento que el médico le había autorizado para las molestias ocasionales del embarazo.

Gemma dejó escapar finalmente una pequeña risita que consiguió que Davinna cerrara los ojos con resignación.

—El señor Angelini pidió que le trajera sus vitaminas en cuanto despertara. También esto por si continúa con alguna molestia —explicó, señalando el medicamento antes de acomodar el vaso más cerca de ella—. Y ordenó que prepararan el desayuno.

Davinna tomó las vitaminas y las observó sobre la palma de su mano.

—Por supuesto que lo hizo —murmuró antes de tragarlas con agua, porque aparentemente Matthias podía salir de una iglesia convertida en un campo de batalla, llegar cubierto de sangre, pasar la noche con ella y aun así despertar pensando en si había tomado las malditas vitaminas.

—Hace más de media hora —añadió Gemma mientras recogía una prenda que había quedado sobre una silla y la doblaba, todavía con aquella sonrisa que Davinna comenzaba a encontrar particularmente irritante—. Dio instrucciones bastante específicas.

Davinna levantó la mirada.

—¿Específicas cómo?

Gemma dudó un instante, y eso fue suficiente para que Davinna supiera que no le iba a gustar la respuesta.

—Que se aseguraran de que desayunara bien. Nada de café únicamente. Fruta, huevos, pan, yogur y lo que usted quisiera pedir después.

Davinna abrió la boca.

—Ese hombre...

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