—Mmm... eres tan dulce, pastelito —murmuró él contra su piel, succionando su clítoris con una presión deliciosa.
Davinna enterró las manos en el cabello mojado de Matthias, perdiendo el control por completo. Sus caderas empezaron a moverse en un ritmo frenético contra la cara de él. Los dedos de Matthias dentro de ella entraban y salían con ritmo pausado pero profundo, rozando su punto más sensible, mientras su lengua no le daba tregua.
—¡Me voy a... Matthias, me voy a caer! —chilla ella, sintiendo cómo una ola gigante de placer se acumulaba en la base de su vientre.
Él apretó su nalgas con la otra mano para fijarla a la pared y aceleró el movimiento de su lengua. Un segundo después, Davinna se vino ruidosamente. Un orgasmo violento y prolongado sacudió cada fibra de su cuerpo, haciendo que sus muslos temblaran sin control mientras se derramaba sobre la boca de su hombre.
Matthias tragó su elixir con regocijo y besó la parte interna de su muslo antes de ponerse de pie de un solo movimiento fluido.
Estaba ardiendo. La vena de su cuello latía con fuerza y su virilidad estaba más grande y roja que nunca.
Sin esperar a que ella se recuperara del todo, la cargó por los muslos, elevándola. Davinna enredó instintivamente las piernas alrededor de la cintura de Matthias, sintiendo el metal del azulejo en su espalda y el cuerpo hirviendo de él enfrente.
Matthias guió la punta de su erección hacia la entrada empapada de ella.
—Mírame, Davinna —ordenó él con voz de mando, con los ojos grises centelleando en la oscuridad del baño.
Davinna lo miró, jadeando, con los ojos nublados por el deseo.
Él se empujó hacia adentro de un solo golpe limpio y profundo.
—¡AAAH! —el grito de Davinna se ahogó cuando la enormidad de Matthias llenó cada milímetro de su interior. La sensación de plenitud fue tan abrumadora que se le cortó la respiración.
Matthias apretó los dientes, conteniendo el impulso de terminar de inmediato. Estaba tan apretada, tan caliente y húmeda que le quemaba. Se había contenido durante semanas, aguantando la rabia, la distancia y las ganas enfermas de poseerla, pero la espera había valido cada maldito segundo de tortura.
Comenzó a embestirla ahí mismo, contra la pared de la ducha.
Los golpes de sus caderas contra las nalgas de ella resonaban por encima del ruido del agua. Cada estocada era profunda, dura, cargada de una posesividad salvaje. Matthias la tomaba como el capo despiadado que era, pero sus manos sostenían su cuerpo con un cuidado casi sagrado para no lastimar su vientre ni hacerla caer.
—Eres mía... Que no se te olvide —gruñía él con cada embestida que la hacía gemir sin control.
—¡Matthias... más... ah! —rogaba ella, enterrando sus uñas en las espaldas marcadas de él, sintiendo cómo el placer la devoraba viva.
La forma en que Matthias la penetraba era brutalmente deliciosa. Se salía casi por completo para volver a hundirse hasta el fondo, rozando las paredes más profundas de su sexo. La mezcla de la frialdad de los azulejos, el agua hirviendo y el sexo explícito la volvieron completamente sumisa al placer que él le regalaba.
Después de varios minutos de embestidas feroces que amenazaban con derribar el cristal de la ducha, Matthias la bajó despacio. Se salieron del agua.

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