Davinna llegó a la habitación todavía intentando ordenar todo lo que acababa de escuchar. Hacía apenas unas horas había estado convencida de que Matthias terminaría aquella noche casado con otra mujer y ahora él caminaba detrás de ella cubierto de sangre, hablándole de convertirla en su regina como si las últimas semanas pudieran reorganizarse con unas cuantas explicaciones. No podía hacerlo. Una parte de ella comprendía por qué había guardado silencio, especialmente después de saber que ni siquiera Francesco conoció la verdad hasta aquella mañana, pero comprender las razones de Matthias no borraba lo que ella había sentido. Había pasado días obligándose a aceptar una realidad que nunca existió y todavía no sabía qué hacer con eso.
—Quítate la chaqueta —ordenó cuando entraron.
Matthias cerró la puerta detrás de ellos y arqueó una ceja.
—Hace unos minutos dijiste que no tendríamos sexo.
Davinna giró inmediatamente.
—Y seguimos sin tenerlo. Quítate la maldita chaqueta para que pueda ver dónde estás herido.
La sonrisa que apareció en los labios de Matthias consiguió irritarla todavía más. Aun así, cuando él comenzó a quitarse la chaqueta y un gesto casi imperceptible tensó su rostro al mover uno de los brazos, Davinna dejó de prestarle atención a su provocación. Se acercó y apartó sus manos.
—Déjame.
Matthias obedeció.
Davinna deslizó cuidadosamente la chaqueta por sus hombros. La tela se había pegado en algunos lugares a la camisa por la sangre y tuvo que hacerlo despacio. Cuando finalmente consiguió retirarla, la dejó a un lado y volvió inmediatamente hacia él.
—La camisa también.
—Estás avanzando rápido, pastelito.
—Matthias.
Él alzó ambas manos en señal de rendición simulada, manteniendo esa sonrisa inclinada que siempre le desarmaba la cordura.
Él comenzó a desabrocharla, pero Davinna volvió a apartarle las manos al verlo hacer otro pequeño movimiento con el torso. Matthias bajó la mirada hacia ella mientras sus dedos se encargaban de los botones. La situación habría resultado completamente distinta en cualquier otro momento. Sin embargo, Davinna no estaba pensando en el pecho que comenzaba a quedar expuesto delante de ella. O intentaba no hacerlo. Estaba buscando sangre propia entre toda la ajena.
Cuando abrió completamente la camisa, encontró lo que temía.
—Dijiste que no tenías nada —declaró observando más cortes en su pecho.
—Dije que no iba a morir desangrado.
—Eso no es lo mismo.
Había un corte superficial en uno de sus costados y un golpe que comenzaba a marcarse debajo de las costillas. Davinna apartó la camisa con mayor cuidado y pasó lentamente las yemas de los dedos alrededor de la zona lastimada, evitando tocar directamente donde parecía dolerle.
Matthias dejó de bromear.
La observó.
Había algo profundamente satisfactorio en verla de aquella manera. Davinna podía insultarlo, empujarlo, decirle que no lo había perdonado y probablemente repetir durante los próximos días que era un desgraciado, pero sus manos eran cuidadosas sobre su cuerpo. La preocupación que intentaba esconder estaba allí de todas formas.
—¿Esto te duele?
—Un poco.
Davinna levantó la mirada.
—¿Un poco de verdad o un poco según la absurda escala de un mafioso que cree que mientras siga respirando está perfectamente?
Matthias tuvo que sonreír.
—La segunda.
—Imbécil —soltó ella. De verdad le preocupaba.
Ella volvió a concentrarse en la herida. Recorrió con la mano el costado de su torso y después observó el resto de su cuerpo para asegurarse de que no hubiera nada más. Encontró un par de golpes menores y volvió a mirar sus nudillos.
Aquellas manos habían hecho daño esa noche.
El pensamiento la golpeó de repente.
Davinna se quedó inmóvil.


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