La sonrisa permaneció en los labios de Alejandra mientras su mente comenzaba a trabajar a una velocidad vertiginosa. Se alejó del ventanal, la ciudad ya no le interesaba. El tablero de juego ahora estaba en su cabeza, y las piezas se movían, formando nuevas y letales configuraciones.
Paseaba por la habitación a oscuras, la energía zumbaba bajo su piel. Era la euforia de un estratega que de repente ve el camino hacia una victoria total e incondicional.
Su diálogo interno era nítido y preciso, despojado de toda emoción superflua.
"¿Un heredero?", pensó, la palabra ya no tenía el poder de herirla. Ahora sonaba como una oportunidad. "Perfecto".
La jugada de Natalia era audaz, desesperada y, en su superficie, brillante. Un heredero era la única cosa que podía atar a Ricardo a ella de forma irrevocable. Era la única cosa que podía solidificar su lugar a los ojos de Don Guillermo. Era su arma definitiva.
"Pero un arma definitiva basada en una mentira es un arma que inevitablemente explotará en las manos de quien la empuña", razonó Alejandra.
"Un castillo de naipes", susurró en la quietud de la habitación. "Construido sobre la mentira más grande de todas. Mientras más alto lo construyan, mientras más adornos le pongan, mientras más celebren su existencia… más satisfactorio será verlo caer".
En ese instante, su objetivo cambió. La escala de su guerra se expandió exponencialmente.
Hasta ahora, sus venganzas habían sido reactivas, escaramuzas diseñadas para devolver los golpes que recibía. Había humillado a Sofía en la escuela, una retribución por la destrucción de un recuerdo. Había saboteado el plan de Mateo en la gala, una respuesta a su intento de humillarla. Había expuesto el plagio de Natalia, justicia por el legado robado de su familia.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...