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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 96

Arriba, en la segunda planta del penthouse, la puerta de la habitación de Alejandra no estaba completamente cerrada. Estaba entreabierta, apenas una rendija de un centímetro. Un accidente, quizás. O quizás, desde que se había convertido en una espía en su propia casa, había desarrollado el hábito de dejarla así, una antena sutil para captar los movimientos y las conversaciones en el vasto y silencioso espacio de abajo.

Cuando Ricardo había llamado a Natalia, Alejandra lo había oído. El tono de su voz, desprovisto de emoción, había captado su atención. Se había levantado de la cama, donde estaba leyendo uno de los viejos libros de botánica de su padre, y se había acercado a la puerta.

No por curiosidad. Por estrategia. Cada pieza de información era vital.

A través de la estrecha abertura, el salón de abajo se veía como una escena en un escenario lejano. Podía ver a Ricardo de pie junto al ventanal, una silueta oscura contra el resplandor de la ciudad. Vio llegar a Natalia, un destello de seda y expectación.

Su oído, aguzado por la necesidad de sobrevivir en territorio enemigo, captó cada palabra. La propuesta, si se le podía llamar así, resonó en el silencio del apartamento.

"Por el bien de nuestro hijo… y de la familia… Cásate conmigo".

Las palabras no le causaron dolor. El amor que una vez sintió por Ricardo había muerto en una sala de hospital junto a su hija Luna. Se había convertido en cenizas, y esas cenizas se habían solidificado en algo duro y frío. Lo que sintió fue una especie de claridad distante, la confirmación de una sospecha. El plan de Natalia, en toda su audaz y despiadada brillantez, había funcionado. El heredero, real o no, era el jaque mate.

Desde su posición elevada, observó la escena en silencio, como una diosa mirando un drama mortal que ella ya había previsto.

Vio a Natalia lanzarse a los brazos de Ricardo. Vio las lágrimas, y supo, con la certeza de quien conoce íntimamente la falsedad, que eran una actuación. Eran lágrimas de triunfo, no de amor.

Pero lo que más la impactó fue la expresión de Ricardo.

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