El viaje de regreso desde la mansión al penthouse fue un borrón de luces y silencio. Ricardo condujo con una concentración mecánica, su mente a miles de kilómetros de distancia de la carretera. La orden de su abuelo no era una sugerencia, era un decreto grabado en piedra. Una sentencia.
Al entrar en el apartamento, la inmensidad silenciosa del lugar pareció burlarse de él. Se deshizo del saco y la corbata, dejándolos caer sobre uno de los sofás de diseño como si fueran piel muerta. Fue directamente al bar, una estructura de ónix retroiluminado, y se sirvió un whisky. No se molestó en añadir hielo. Necesitaba el ardor, el golpe directo del alcohol en su sistema.
Se quedó de pie frente al ventanal, con el vaso en la mano, observando el mar de luces de la ciudad. Cada luz era una vida, una historia, una opción. Y él, que se enorgullecía de ser el dueño de su propio destino, se sentía como si no tuviera ninguna.
Su mente era un torbellino. Por un lado, estaba la voz de su abuelo, la voz del deber, del legado. Un heredero. La palabra tenía un peso casi mítico en su familia. Era la continuación, la validación de todo por lo que habían luchado. Y Natalia, con una sola palabra, se había envuelto en el manto sagrado de la maternidad, convirtiéndose en un activo intocable para la dinastía Estevez. Protegerla, casarse con ella, era ahora su deber ineludible. Era el precio de su apellido.
Por otro lado, estaba Alejandra.
Su mirada se desvió por el vasto salón hacia el pasillo oscuro que llevaba a las habitaciones de arriba. Hacia su habitación. Desde que la había traído aquí, su presencia era una constante silenciosa y desafiante en su vida. No era la chica sumisa que recordaba, ni la mujer rota que había despreciado en su vida pasada. Era una extraña, una fuerza tranquila que lo observaba, que lo desafiaba con su sola existencia.
La confrontación en el estacionamiento se repitió en su mente. La forma en que lo había mirado, sin miedo, incluso cuando él la había acorralado. Había una intensidad en ella, una mezcla de odio y una fuerza inquebrantable que lo atraía y lo repelía al mismo tiempo. Era una atracción cruda, tóxica, una que no tenía sentido y que, sin embargo, era más real que la fachada de afecto que mantenía con Natalia.
Tomó un largo sorbo de whisky, el líquido ambarino quemándole la garganta. Estaba dividido. Atrapado entre la mujer que representaba su deber y la mujer que representaba… ¿qué? Un caos. Un desafío. Una complicación que no podía resolver, pero que tampoco podía ignorar.
En ese momento de indecisión, su teléfono vibró sobre la barra de ónix.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...