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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 93

Después de que Natalia, envuelta en el resplandor de su victoria y la bendición del patriarca, se retirara a descansar, alegando la fatiga de su "condición", Don Guillermo le hizo un gesto a Ricardo con la cabeza.

—A mi estudio.

No era una petición.

El estudio de Don Guillermo era el verdadero corazón de la mansión y del imperio Estevez. Mientras que la oficina de Ricardo en Santa Fe era un monumento al poder moderno, este lugar era un santuario del poder antiguo. Muebles de caoba oscura, el aire impregnado del olor a cuero viejo, tabaco de puro y décadas de decisiones que habían cambiado el curso de industrias enteras.

Don Guillermo no se sentó detrás de su imponente escritorio. Se sirvió dos dedos de un coñac que era más viejo que el propio Ricardo y se quedó de pie junto a la chimenea apagada. Le ofreció un vaso a su nieto, quien lo rechazó con un movimiento de cabeza.

El patriarca tomó un sorbo, el silencio se extendió mientras saboreaba el licor. Ricardo esperaba, con los músculos de la mandíbula tan apretados que le dolían. Sabía lo que venía.

—Tu padre me decepcionó de muchas maneras —comenzó Don Guillermo, su voz era un murmullo grave, casi conversacional—. Era débil. Emocional. Pero me dio un heredero. Me dio a ti. Ese fue su único logro verdadero.

Dejó el vaso sobre la repisa de mármol y se giró para enfrentar a Ricardo. La calidez que le había mostrado a Natalia había desaparecido por completo. Sus ojos eran de nuevo los de un general evaluando a su comandante en el campo de batalla.

—Yo no cometeré el mismo error. No dejaré el futuro de esta familia al azar.

Su tono ya no era de sugerencia, ni siquiera de consejo. Era la voz de un rey emitiendo un edicto.

—Ese niño —dijo, cada palabra era un bloque de granito—, debe nacer con el apellido Estevez. No hay otra opción. No hay otra posibilidad. No en mi casa.

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