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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 92

La palabra "embarazada" cayó sobre la mesa como una granada. El silencio que siguió no fue un silencio normal. Fue un vacío absoluto, una supresión de todo sonido y movimiento. El tic-tac del reloj de pie en el rincón pareció detenerse. El murmullo lejano de la ciudad, siempre presente, se desvaneció.

Ricardo se quedó paralizado. La noticia no le llegó como una alegría, ni siquiera como una sorpresa en el sentido convencional. Le golpeó como una pared de ladrillos, dejándolo sin aire. Miró a Natalia, luego al rostro de su abuelo, y de vuelta a Natalia. Su mente, normalmente tan rápida y analítica, era un torbellino de caos. Embarazada. La palabra resonaba una y otra vez, no como una promesa de futuro, sino como el sonido de una celda al cerrarse. No parecía feliz. Parecía... atrapado. Sentenciado.

Don Guillermo Estevez, el patriarca, permaneció impasible. Su rostro, surcado por las arrugas de ochenta años de poder y control, era una máscara de granito. Sus ojos oscuros, usualmente tan agudos y penetrantes, se volvieron opacos, indescifrables. Miró a Natalia, cuyo rostro tembloroso y expectante estaba bañado en lágrimas. Luego, su mirada se desvió hacia su nieto, y su expresión se endureció por un instante, como si estuviera calculando variables, sopesando activos y pasivos.

Natalia contuvo la respiración. Este era el momento decisivo. La reacción de Ricardo era irrelevante. La única opinión que importaba era la del hombre sentado a la cabecera de la mesa.

Los segundos se alargaron, convirtiéndose en una eternidad.

Entonces, algo cambió en el rostro de Don Guillermo. Fue casi imperceptible al principio. Una ligera relajación en la comisura de sus labios apretados. Un parpadeo lento, como si estuviera despertando de un largo sueño.

Se enderezó en su silla. El poder pareció volver a fluir en él, pero no era el poder frío y crítico de antes. Era algo más cálido, más primordial.

Una sonrisa.

Fue una sonrisa rara, una que Ricardo no había visto en años. No era la sonrisa cortés para los socios de negocios ni la sonrisa condescendiente para sus rivales. Era una sonrisa genuina, amplia, que suavizó las duras líneas de su rostro y encendió una luz en sus ojos.

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