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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 91

Natalia había orquestado la cena con la precisión de un general preparando una emboscada. No fue un gran evento. Al contrario, su poder residía en su intimidad. Una pequeña mesa redonda en el comedor privado de la mansión Estevez, vestida con un mantel de lino belga y adornada con un único arreglo de orquídeas blancas.

Solo estaban ellos tres. Ricardo, Don Guillermo y ella.

La atmósfera era tan pesada que se podía cortar con los cuchillos de plata. Don Guillermo apenas había hablado durante los dos primeros platos, su disgusto por los recientes escándalos —el traje falso de Mateo, el plagio del mole— era una nube de tormenta palpable en la habitación. Comía en silencio, cada movimiento de sus cubiertos era un juicio.

Ricardo, sentado frente a su abuelo, se sentía como un acusado en el banquillo. Intentaba mantener una conversación ligera sobre los mercados asiáticos, pero sus palabras morían en el aire gélido que emanaba del patriarca.

Natalia, por su parte, interpretaba su papel a la perfección. Era la imagen de la fragilidad penitente. Llevaba un vestido de cachemira de color crema, modesto y elegante. Apenas había probado la comida, y su rostro, usualmente radiante, estaba pálido y con unas sutiles sombras bajo los ojos que había aplicado cuidadosamente con maquillaje. Parecía una santa sufriendo en silencio, una víctima de las circunstancias.

Cuando los sirvientes se retiraron después de servir el postre, un suflé de chocolate que nadie iba a tocar, Natalia supo que era el momento.

Respiró hondo, un temblor apenas perceptible recorrió su cuerpo. Era ahora o nunca.

Se puso de pie lentamente, apoyando una mano en la mesa como si necesitara estabilizarse. La otra mano, de forma casi inconsciente, se posó sobre su vientre plano.

Los dos hombres levantaron la vista, sorprendidos por el movimiento abrupto. Ricardo frunció el ceño, una mezcla de irritación y preocupación en su rostro. —¿Natalia? ¿Te sientes bien?

Ella les sonrió. Fue una sonrisa diferente a todas las que les había mostrado antes. No era seductora, no era manipuladora. Era una sonrisa temblorosa, luminosa, como si estuviera a punto de llorar de pura felicidad.

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