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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 89

La noticia de la "mudanza" de Alejandra al penthouse de Ricardo cayó como una bomba en el círculo íntimo de la familia Estevez. Para Natalia, fue un misil nuclear. La idea de ellos dos, solos, en esa torre de cristal, día tras día, noche tras noche, la consumía. No eran celos románticos en el sentido puro; era el pánico de un estratega que ve cómo su pieza más valiosa es capturada por el enemigo.

No podía permitirlo. Tenía que ver la situación con sus propios ojos. Tenía que reafirmar su territorio.

Insistió en visitar el penthouse. Se lo planteó a Ricardo no como un acto de celos, sino de compasión. —Pobre Alejandra, debe sentirse tan sola y asustada. Quiero llevarle algunas cosas, asegurarme de que está bien. Mostrarle que no la hemos abandonado.

Ricardo, distraído por una crisis en una de sus empresas, aceptó sin pensar.

Natalia llegó al día siguiente. No vino como una visitante humilde. Llegó como la dueña de la casa. Llevaba un vestido blanco inmaculado que contrastaba dramáticamente con la decoración fría del lugar, un faro de falsa pureza. En sus manos, no traía flores, sino una enorme y extravagante canasta de frutas exóticas: lichis, rambutanes, mangostanes. Un regalo tan caro como impersonal, diseñado para subrayar su estatus y la supuesta caridad de su visita.

La recibió el ama de llaves, pero Natalia actuó como si la empleada trabajara para ella. —Gracias, puedes dejar eso en la cocina. ¿Dónde está Alejandra? ¿En su habitación?

Encontró a Alejandra en el vasto salón, sentada en uno de los sofás de diseño con un libro abierto en su regazo. La luz de la tarde entraba a raudales por los ventanales, creando un halo a su alrededor. Parecía tranquila, serena. Demasiado serena.

—¡Alejandra, querida! —exclamó Natalia, su voz era un goteo de miel venenosa—. Vine en cuanto me enteré. Estaba tan preocupada por ti.

Alejandra levantó la vista del libro. Sus ojos estaban tranquilos, casi vacíos. No sonrió. No se levantó. Simplemente la miró.

Natalia dejó su bolso de diseñador en una mesa auxiliar con un chasquido deliberado y comenzó a recorrer el lugar, tocando los muebles, inspeccionando las vistas, actuando como si estuviera evaluando una propiedad.

—Este lugar es… impresionante, ¿no? Tan moderno. Aunque un poco frío para mi gusto. Le falta un toque femenino, ¿no crees? —Se detuvo junto al ventanal—. Pobre de ti, Ale. Encerrada aquí todo el día. Debe ser terrible. Pero es por tu bien, claro. Ricardo solo quiere protegerte. Es tan bueno… Siempre pensando en los demás.

Cada palabra era una pequeña daga, diseñada para recordarle a Alejandra su estatus de prisionera, para reafirmar la conexión de Natalia con Ricardo, para pintarla a ella como la dueña benévola y a Alejandra como la carga lamentable.

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