Los primeros días en el penthouse fueron un infierno silencioso y estéril. Alejandra se sentía como un fantasma vagando por un museo de arte moderno. Cada superficie era lisa, fría y reflectante. Cada mueble era una escultura carísima e incómoda. El silencio era casi total, roto solo por el zumbido distante del sistema de climatización y, a lo lejos, el murmullo ahogado de una ciudad con la que ya no tenía contacto.
Exploró cada rincón de su prisión. La cocina era un laboratorio de acero inoxidable y mármol negro, equipada con electrodomésticos que nunca se habían usado. La sala de cine tenía butacas de piel para veinte personas y una pantalla del tamaño de una pared. El gimnasio privado estaba lleno de máquinas que parecían instrumentos de tortura futuristas.
El lugar más revelador era el estudio de Ricardo. A diferencia del resto del penthouse, este espacio tenía signos de vida. Estaba dominado por un enorme escritorio de ébano, sobre el cual siempre había pilas de documentos, contratos y planos. Las paredes estaban cubiertas de estanterías con libros de finanzas, biografías de magnates y tomos de derecho corporativo. Era el centro de control de su imperio. El corazón de la bestia.
Durante las primeras cuarenta y ocho horas, una desesperación abrumadora amenazó con consumirla. Se paraba durante horas frente a los ventanales, mirando la inmensidad de la ciudad. Veía los coches como insectos luminosos, los edificios como lápidas grises. Se sentía a un millón de kilómetros de distancia de todo. Estaba sola, atrapada, y el peso de su impotencia era asfixiante. La jaula era perfecta. No había barrotes visibles, pero estaban en todas partes: en los guardias de seguridad, en el ascensor codificado, en la mirada vigilante del personal.
En la tercera mañana, mientras observaba el amanecer pintar el cielo contaminado de tonos anaranjados y violetas, algo cambió. El recuerdo de su hija Luna, no su muerte, sino su risa, brilló en su mente. El recuerdo de su padre enseñándole a moler chiles en el molcajete. El recuerdo de Valeria, plantándose con furia en medio de un callejón para defenderla.
No había nacido para ser una víctima. Había renacido para luchar.
Una nueva resolución, fría y afilada, atravesó la niebla de su desesperación. Miró los reflejos de las estanterías del estudio en el cristal del ventanal.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...