Una hora más tarde, Alejandra estaba sentada en el asiento trasero del sedán de Ricardo, viendo cómo la silueta familiar de la mansión Estevez se hacía cada vez más pequeña en el espejo retrovisor. No había dicho una palabra. Se había negado a empacar. Había observado en silencio cómo una de las doncellas, con los ojos bajos, metía sus ropas y libros en una maleta de lujo que ella nunca había usado.
El viaje a Santa Fe fue un borrón de autopistas elevadas y un tráfico asfixiante. El silencio en el coche era un tercer pasajero, denso y hostil.
El penthouse de Ricardo ocupaba los dos últimos pisos de la torre más alta y exclusiva del distrito financiero. El ascensor privado se abría directamente a un vestíbulo que era más grande que el primer apartamento que Alejandra había compartido con su madre.
El lugar era un monumento al minimalismo corporativo y al dinero. Paredes de cristal del suelo al techo se extendían en dos direcciones, ofreciendo una vista panorámica de la Ciudad de México que era tan impresionante como impersonal. Los muebles eran de diseño italiano, angulares y de colores neutros. El suelo era de mármol blanco pulido, y el aire olía a un ambientador caro y a nada más. No había fotos. No había libros desordenados. No había ni un solo objeto que sugiriera que un ser humano realmente vivía allí.
Era lujoso. Era perfecto. Y era tan frío como una tumba.
Un ama de llaves con un uniforme impecable y una expresión glacial la recibió. —Bienvenida, señorita Robles. El señor Estevez me ha dado instrucciones.
El personal la trataba con una deferencia helada, una cortesía profesional que no ocultaba el hecho de que era una prisionera. Vio a dos guardias de seguridad con trajes oscuros y auriculares discretos en la entrada del edificio. Vio a otro en el puesto de control del ascensor en el vestíbulo del rascacielos.
Esto no era un hogar. Era una fortaleza. Una prisión de lujo suspendida en el cielo.
Ricardo la guio a través del vasto espacio. No le estaba mostrando una casa, le estaba mostrando los límites de su celda.
—Tu habitación está arriba —dijo, su tono era el de un anfitrión reacio.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...