Mientras Alejandra recuperaba la compostura, la mirada de Valeria se agudizó, enfocándose en un detalle que el alivio del momento casi había ocultado.
—Espera —dijo, su tono volviéndose práctico, casi clínico—. Te alcanzó.
Señaló con la barbilla el brazo de Alejandra. En la tela rasgada de la manga de su blusa, un largo rasguño sangraba perezosamente, una línea roja y furiosa sobre su piel pálida. Era la marca de la uña del matón que la había agarrado, un recuerdo tangible de lo cerca que había estado del desastre.
Antes de que Alejandra pudiera responder, Valeria ya estaba en acción. Se quitó una pequeña mochila de lona que llevaba cruzada y la dejó en el suelo. La abrió y, de entre un desorden de herramientas pequeñas, llaves y trapos, sacó un pequeño botiquín de primeros auxilios, gastado pero bien surtido.
—Siéntate —ordenó, más que sugirió.
Alejandra obedeció sin dudar, sentándose en el borde polvoriento de la acera. Valeria se arrodilló frente a ella y sacó una gasa y una pequeña botella de antiséptico. Su eficiencia era sorprendente; sus manos, que Alejandra habría esperado que fueran toscas por el trabajo manual, se movían con una delicadeza y una seguridad inesperadas.
Limpió la herida con toques firmes y precisos. El antiséptico ardió, y Alejandra siseó por lo bajo.
—Aguanta —dijo Valeria sin levantar la vista—. Es mejor que arda ahora a que se infecte después.
Mientras trabajaba, su voz se volvió más suave, casi filosófica. —No dejes que te vean débil. Nunca. —Aplicó una pomada antibiótica con la punta de su dedo meñique—. Una cicatriz no es algo de lo que avergonzarse. Es un recordatorio. Un recordatorio de que fuiste más fuerte que la mierda que intentó herirte.
Las palabras resonaron en Alejandra con una profundidad inesperada. Esa era la filosofía que había adoptado desde que renació, la creencia que la impulsaba cada mañana. Ocultar el dolor, transformarlo en fuerza, y nunca, nunca jamás, mostrar debilidad a sus enemigos. Escucharlo verbalizado por esta extraña, esta salvadora surgida de la nada, fue como encontrar a alguien que hablaba su mismo idioma secreto.
Se dio cuenta de que, a pesar de la enorme brecha que separaba sus mundos —la mansión y el taller mecánico, la alta costura y los overoles manchados de grasa—, en el fondo eran iguales. Supervivientes. Luchadoras forjadas en diferentes tipos de fuegos.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...