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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 82

El eco de las pisadas de los matones al huir se desvaneció, dejando un silencio denso y pesado en el callejón. Valeria se quedó inmóvil por un momento más, una centinela vigilando su territorio, hasta que estuvo completamente segura de que la amenaza se había disipado.

Con un asentimiento casi imperceptible, los dos mecánicos que la flanqueaban retrocedieron. No dijeron una palabra. Guardaron sus llaves de cruz en los bolsillos traseros de sus overoles manchados de grasa, se dieron la vuelta y desaparecieron en la sombra del taller del que habían salido, tan silenciosos y eficientes como habían aparecido. La normalidad, o lo que pasaba por normalidad en esa calle, regresaba a su cauce.

Alejandra seguía apoyada contra la pared de ladrillos. La adrenalina que la había mantenido en pie comenzaba a desvanecerse, dando paso a un temblor que recorría sus piernas. Se deslizó un poco hacia abajo, usando el muro como soporte, y respiró hondo, tratando de calmar el martilleo frenético de su corazón contra sus costillas. El aire olía a polvo, a humedad y al vago hedor de la basura del contenedor cercano.

Valeria se giró hacia ella. Su postura de combate se relajó, la agresividad de sus hombros se suavizó, pero la intensidad de su mirada no disminuyó. Se acercó, sus botas de trabajo haciendo un ruido sordo sobre el asfalto.

—¿Estás bien? —repitió, su voz ahora desprovista de la furia de antes, sonando genuinamente preocupada—. ¿Te hicieron algo esos imbéciles?

Inspeccionó a Alejandra con una mirada rápida y práctica, buscando heridas, ropa rasgada más allá de la manga de su blusa.

Alejandra levantó la cabeza para mirarla. Realmente la miró por primera vez. Vio el sudor en su sien, la determinación en sus ojos oscuros, la forma en que su mandíbula seguía tensa. Había visto a hombres poderosos toda su vida: hombres que movían millones con una llamada telefónica, hombres cuya autoridad residía en su apellido. Pero nunca había visto un poder como el que Valeria acababa de desplegar. Un poder crudo, real, forjado no en una sala de juntas, sino en el asfalto. Un poder que no se heredaba, se ganaba.

Y esa mujer acababa de usarlo para salvarla.

—Estoy bien —logró decir Alejandra, su propia voz sonaba lejana, como si perteneciera a otra persona—. Gracias a ti.

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