El mundo de Alejandra se redujo a una explosión de sensaciones aterradoras: la tela de su blusa rasgándose, el dolor agudo de los dedos clavándose en su brazo, el olor a sudor y colonia barata. Cerró los ojos con fuerza, su mandíbula apretada, preparándose para el primer golpe, para la inevitable humillación.
El golpe nunca llegó.
En cambio, un grito atravesó el aire tenso del callejón, un grito tan lleno de furia y desprecio que detuvo el ataque en seco.
—¡Órale, pinches cobardes! ¿Cinco contra una? ¿Qué, les faltaron huevos al nacer o su mamá los tuvo por la boca?
Las manos que la sujetaban vacilaron. Los cuerpos que la rodeaban se congelaron. Confundidos, El Piraña y sus hombres se giraron hacia la fuente del grito.
Alejandra abrió los ojos.
En la entrada del callejón, recortada contra la luz brillante de la tarde, había una figura. No era alta, ni especialmente corpulenta. Era una joven, de su misma edad, con el cabello negro recogido en una coleta alta y desordenada. Llevaba unos jeans manchados de grasa y un chaleco azul con el logo de una tienda de refacciones de automóviles bordado sobre el corazón: "Autopartes Domínguez".
Pero no era su apariencia lo que imponía. Era su postura. Estaba plantada en medio del callejón, con las manos en las caderas y una expresión de absoluto y letal desdén en su rostro. Se movía con una confianza, una autoridad innata, que parecía reclamar cada centímetro de asfalto como si fuera el salón de su trono.
Era Valeria Domínguez.
Y no estaba sola.
Detrás de ella, saliendo de la sombra de un taller mecánico cuya entrada apenas se veía desde allí, aparecieron dos hombres. Eran enormes, con los brazos de un levantador de pesas y los hombros anchos de quienes pasan el día cargando motores. No dijeron una palabra. Simplemente se pararon a cada lado de Valeria, cada uno sosteniendo una llave de cruz con la misma naturalidad con la que un oficinista sostiene un bolígrafo. Las herramientas de metal brillaron bajo el sol.
El Piraña entrecerró los ojos, evaluando la nueva situación. La sorpresa inicial en su rostro fue reemplazada por una mueca de reconocimiento y molestia.
—Vete a la mierda, Domínguez —escupió—. Este no es tu problema.
Valeria soltó una carcajada, un sonido áspero y sin alegría. Dio un paso adelante, adentrándose más en el callejón. Sus dos guardaespaldas improvisados la flanquearon.
—¿Que no es mi problema? —respondió, su voz goteaba sarcasmo—. Este es mi barrio, pedazo de animal. La tienda de mi papá está a la vuelta de la esquina. Cada puto ladrillo de esta calle paga mi renta. Así que sí, es mi problema. Y en mi barrio no se toca a las mujeres.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...