El círculo de matones se estrechó un poco más, un nudo corredizo de amenaza física. Alejandra mantuvo la espalda pegada a la pared de ladrillos, el único punto de anclaje en un mundo que se había inclinado peligrosamente. El miedo era una bola de hielo en su estómago, pero su mente se negaba a rendirse. Luchaba contra la parálisis, buscando un ángulo, una palabra, una oportunidad.
—¿Quién los envió? —preguntó, su voz era un hilo de acero en medio de la tensión. Mantuvo su barbilla en alto, negándose a mostrar la vulnerabilidad que sentían sus piernas temblorosas—. ¿Fue Sofía? ¿Cuánto les pagó?
Intentaba ganar tiempo, sembrar la duda, cambiar la dinámica. Apelar a su codicia.
—Les daré el doble —dijo, su mirada pasando de un rostro al otro—. El triple. Lo que sea que les haya ofrecido, yo puedo superarlo. Ahora mismo.
Por un momento, vio una vacilación en los ojos de uno de los más jóvenes. La promesa de dinero fácil era un lenguaje universal.
Pero El Piraña se dio cuenta de su táctica. Soltó una carcajada fuerte y despectiva que hizo añicos la frágil esperanza.
—¡Ja! ¿Oyeron eso, muchachos? ¡La princesita cree que todo tiene un precio! —Se inclinó hacia ella, su rostro a centímetros del de Alejandra. Su aliento olía a rancio—. Esto no se trata de dinero, princesa. Si quisiéramos tu dinero, ya te habríamos quitado ese bolso tan bonito.
Su mirada era fría y muerta, desprovista de la codicia que Alejandra esperaba encontrar. Era algo peor. Era el disfrute del poder, el placer sádico de la intimidación.
—Esto es una lección —repitió, saboreando la palabra—. Sobre respeto. Nos pagaron para enseñarte a respetar a tus superiores. Para que aprendas a no meterte con gente que es mejor que tú.
El círculo se cerró por completo. Ahora podía sentir el calor corporal de los hombres a su alrededor, una presencia sofocante y amenazante. Chocó con más fuerza contra la pared de ladrillos a su espalda. No había salida. Estaba completamente acorralada.
Uno de los matones a su izquierda, el que tenía un tatuaje de telaraña en el cuello, estiró una mano sucia y callosa para agarrar un mechón de su cabello.
La reacción de Alejandra fue puro instinto. Un reflejo forjado en el fuego de su renacimiento.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...