El día siguiente transcurrió con la misma normalidad tensa que los anteriores. Alejandra asistió a sus clases, tomó notas, respondió a las preguntas de los profesores, y a las tres de la tarde, salió por las puertas de la preparatoria.
Rechazó al chófer con su habitual y educada sonrisa, y comenzó su caminata. El aire de la tarde era cálido, y el sol se filtraba a través de las hojas de los árboles, creando patrones danzantes en la acera. Todo parecía exactamente igual que siempre. Una rutina. Un camino conocido.
Giró en la esquina, entrando en la calle lateral que usaba como atajo. Como de costumbre, el bullicio del tráfico de la avenida principal se desvaneció, reemplazado por un silencio casi total, roto solo por el sonido de sus propios pasos sobre el asfalto. Los altos muros de las mansiones se alzaban a ambos lados, creando un cañón de ladrillo y enredaderas.
La calle estaba desierta. O eso parecía.
Había recorrido aproximadamente la mitad del camino cuando un movimiento a su derecha la hizo detenerse.
No fue un movimiento brusco. Fue un despliegue lento, casi casual. De detrás de un enorme contenedor de basura verde, apareció un joven. Era corpulento, con los brazos cubiertos de tatuajes y una sonrisa torcida en el rostro. Alejandra lo reconoció vagamente de los pasillos de la escuela, uno de los repetidores que siempre andaban en grupo.
Su instinto se disparó, una alarma silenciosa en la parte posterior de su cráneo. Se detuvo en seco.
Antes de que pudiera siquiera pensar en dar la vuelta, escuchó un sonido a sus espaldas. Un carraspeo. Se giró y vio a otros dos jóvenes que habían salido de un zaguán abierto, bloqueándole el camino de regreso.
Su corazón, que había estado latiendo a un ritmo tranquilo, de repente dio un vuelco violento.
Entonces, el hombre que había estado esperando apareció. El Piraña salió de las sombras del contenedor, moviéndose con una confianza depredadora. Dos de sus hombres se materializaron a su lado, completando el círculo.
Estaba atrapada. Cinco de ellos. Le habían cortado la retirada y bloqueado el avance. No había a dónde correr.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...