Alejandra no era consciente del nuevo y oscuro peligro que se cernía sobre ella. El mundo, para ella, seguía girando según las reglas que había establecido. La victoria en el festival gastronómico había sido decisiva, un golpe devastador para la reputación de Natalia, pero Alejandra sabía que la guerra estaba lejos de terminar. Ricardo no la perdonaría. Don Guillermo la observaba con una nueva y calculadora intensidad. La mansión Estevez se había convertido en un campo de batalla silencioso, cargado de una tensión que se podía cortar con un cuchillo.
A pesar de todo, se aferraba a su rutina con una disciplina de hierro. Era su ancla, su forma de mantener el control en medio de la locura.
A las tres de la tarde, sonó el timbre que marcaba el final de las clases en la preparatoria. Alejandra guardó sus libros en la mochila, ignorando las miradas curiosas y los susurros que aún la seguían por los pasillos desde el escándalo de Sofía. Se había acostumbrado a ser el centro de atención, tanto de la admiración como del odio.
Al salir por las imponentes puertas de la escuela, el sedán negro de los Estevez ya la esperaba en la acera, el motor ronroneando silenciosamente. El chófer, un hombre de rostro impasible, se bajó y le abrió la puerta trasera.
Como todos los días, Alejandra le dedicó una sonrisa educada pero firme. —Gracias, Armando, pero hoy también caminaré. Disfruta la tarde.
El chófer asintió, sin mostrar sorpresa. Ya conocía la rutina. Cerró la puerta y volvió a su asiento, observando por el espejo retrovisor cómo Alejandra se echaba la mochila al hombro y comenzaba a caminar por la acera.
Era un pequeño acto de rebelión, pero uno importante. Rechazar el coche era rechazar la jaula dorada, era reclamar un fragmento de normalidad y autonomía en una vida que amenazaba con consumirla. Era un recordatorio diario de que ella controlaba sus propios pasos.
Sin que ella lo supiera, sus pasos estaban siendo observados.
Al otro lado de la calle, estacionado a la sombra de un frondoso árbol de jacaranda, había un viejo Dodge Neon de color gris, abollado y discreto. Dentro, dos hombres estaban sentados en silencio. Eran miembros del equipo de El Piraña. El que estaba en el asiento del conductor tenía un tatuaje de una telaraña en el cuello. El copiloto masticaba un palillo, sus ojos pequeños y porcinos fijos en la figura de Alejandra.
—Ahí está —dijo el del palillo—. La princesita.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...