Sofía desbloqueó su teléfono, sus dedos moviéndose con una velocidad febril. Se desplazó por su lujosa lista de contactos, pasando por los nombres de socialités, diseñadores y herederos. Se detuvo en un nombre que no encajaba, un apodo crudo y violento que había guardado hacía más de un año, después de una fiesta que se había salido de control.
"El Piraña".
Era el líder de un grupo de "porros", matones a sueldo afiliados a una de las universidades públicas, conocidos por su disposición a hacer cualquier tipo de trabajo sucio por el precio adecuado. Dispersar una protesta estudiantil, intimidar a un profesor, o dar una "lección" a alguien. Eran los perros de presa del inframundo de la ciudad.
Presionó el botón de llamar. El teléfono sonó dos veces antes de que una voz grave y rasposa respondiera.
—¿Sí?
—¿Piraña? —preguntó Sofía, su propia voz sonaba extrañamente aguda en sus oídos.
Hubo una pausa. —¿Quién habla?
—Soy Sofía Estevez. Nos conocimos el año pasado en la fiesta de los De la Torre.
Otra pausa, más larga. Podía oír el sonido de música de banda de fondo. —Ah, sí. La princesita. ¿Qué quieres?
—Necesito verte —dijo ella, yendo directamente al grano—. Tengo un trabajo para ti.
—Estoy ocupado.
—Pagaré bien —añadió rápidamente.
El silencio al otro lado de la línea fue su respuesta. Finalmente, la voz rasposa dijo: —¿Qué tan bien?
Sofía mencionó una cifra, una cantidad que hizo que una parte de ella se encogiera. Era una porción considerable de los fondos fiduciarios a los que tenía acceso sin el permiso de sus padres.
—Nos vemos en una hora —dijo El Piraña, su tono de repente mucho más interesado—. En el Vips de Insurgentes Sur. El que está cerca del parque. Ven sola.
Colgó.
Una hora más tarde, Sofía estaba sentada en un reservado de vinilo rojo en la parte trasera del restaurante. El lugar olía a café y a grasa de freidora, un mundo aparte de los restaurantes de Polanco que frecuentaba. Se sentía expuesta, fuera de lugar con su bolso de diseñador y sus jeans caros.
Un hombre corpulento se deslizó en el asiento frente a ella. Era más joven de lo que recordaba, probablemente no mucho mayor que ella, pero sus ojos eran duros y su cuello era tan grueso como el muslo de Sofía. Una cicatriz blanca atravesaba una de sus cejas. Era El Piraña.
No pidió un café. Simplemente la miró, esperando.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...