Mientras Ricardo luchaba por abrirse paso, el drama en el escenario llegaba a su caótica conclusión. Los guardias de seguridad, finalmente superando a la prensa, lograron alcanzar a Natalia. Estaba catatónica, inmóvil, sus ojos fijos en la pantalla donde el video de Doña Elodia se repetía en un bucle infernal. La tomaron por los brazos y prácticamente la arrastraron fuera del escenario, lejos de las luces que habían pasado de ser sus aliadas a sus verdugos.
Al mismo tiempo, otro tipo de escena se desarrollaba en torno a Elena. Cuando el video terminó, ella se quedó de pie, con el recetario de su abuela presionado contra su pecho como un escudo. La multitud, que había estado en silencio, estalló. Pero no en confusión, sino en aclamación.
—¡Bravo!
—¡Esa es la verdadera cocinera!
—¡Justicia para Elodia!
La gente, especialmente los chefs y los críticos de la primera fila, la rodearon. Graciela Arellano fue la primera en acercarse. Puso una mano en el hombro de Elena, su rostro, normalmente severo, mostraba una inusual expresión de respeto. "Lo que ha hecho hoy, señorita Cruz, ha requerido un valor inmenso. En nombre de todos los que respetamos la verdadera cocina, gracias".
Elena, abrumada, solo pudo asentir, las lágrimas finalmente brotando de sus ojos. Eran lágrimas de alivio, de vindicación, de una justicia largamente esperada.
Ricardo llegó al backstage justo cuando los guardias depositaban a Natalia en una silla en una carpa mal iluminada. El contraste con su glamorosa entrada era brutal. Su filipina blanca ahora parecía un disfraz, su maquillaje perfecto estaba arruinado por surcos de lágrimas silenciosas.
Estaba temblando incontrolablemente, murmurando para sí misma.
—Arruinada… estoy arruinada… todo se ha acabado…
Ricardo se arrodilló frente a ella. Por un momento, no supo qué hacer. La mujer que tenía delante no era la estrella segura de sí misma que conocía, sino una extraña frágil y rota.
Entonces, el instinto se apoderó de él. No el amor. No la compasión. Era el instinto de posesión. El instinto del hombre de negocios que se niega a permitir que su inversión se declare en bancarrota. Él había apostado por ella. Su caída era la de él. Su humillación manchaba el nombre de los Estevez.
La abrazó. Fue un abrazo torpe, rígido. No era para consolarla, era para contenerla, para proteger el activo dañado.
—Cállate —siseó en su oído, su voz desprovista de toda ternura—. Levántate. Vamos a salir de aquí. No vas a derrumbarte. No aquí.
La levantó por la fuerza, pasando uno de sus brazos por encima de sus hombros. Juntos, salieron por la parte trasera de la carpa, dirigiéndose hacia la salida de servicio donde su coche esperaba.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...