La verdad era un veneno.
Se extendió por las venas de Alejandra, helando su sangre, paralizando sus músculos.
Se apoyó en la mesa de trabajo, el borde de madera clavándose en su estómago.
El aire en el taller se volvió denso, irrespirable.
Las paredes parecieron cerrarse a su alrededor.
Cerró los ojos, pero la oscuridad no le trajo alivio.
Le trajo un recuerdo.
Un recuerdo tan vívido, tan doloroso, que la transportó a través del tiempo.
Ya no estaba en el taller.
Estaba de pie en la biblioteca de la mansión Estevez.
Tenía dieciséis años. El aire olía a cuero viejo y a la colonia de Don Guillermo.
La luz de la tarde se filtraba por los altos ventanales, igual que ahora.
Don Guillermo estaba sentado en su imponente sillón de piel.
Su rostro, normalmente una máscara de poder severo, estaba suavizado por una expresión de falsa compasión.
Su madre, Patricia, lloraba en silencio a su lado, un pañuelo apretado en su mano.
Ella, Alejandra, era una niña. Rota. Confundida. Incapaz de procesar la noticia que acababa de recibir.
Recordó la voz de Don Guillermo.
Grave. Paternal. Reconfortante.
Una mentira.
"Fue un terrible accidente, mi niña".
Las palabras resonaron en su memoria, tan claras como si las estuviera diciendo en ese mismo instante.
"Un fallo en los frenos. Iba demasiado rápido".
Recordó cómo él le había puesto una mano pesada y "protectora" en el hombro.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...