Pasaron dos horas.
Dos horas en las que Alejandra caminó por el taller como un animal enjaulado.
Intentó trabajar en una nueva fórmula, pero sus manos no le obedecían.
Intentó leer, pero las palabras se convertían en borrones sin sentido en la página.
La carpeta seguía en el centro de la mesa, una presencia magnética que atraía su atención una y otra vez.
La lógica le decía que Valeria tenía razón. Era una trampa.
Pero su corazón, esa parte de ella que había sido forjada en el fuego de la traición, le decía otra cosa.
Le decía que Adrián Morales no era el mismo hombre que la había amenazado.
El hombre que había visto en el lobby estaba roto. Y la gente rota, a veces, en un último acto de despecho, dice la verdad.
La curiosidad finalmente ganó la batalla.
Se acercó a la mesa, su decisión tomada.
Pero no sería imprudente.
Fue al pequeño baño del taller y buscó en el botiquín de primeros auxilios.
Encontró lo que buscaba: una caja de guantes de látex desechables.
Se los puso. El material se ajustó a su piel, una barrera fría y estéril entre ella y lo desconocido.
Regresó a la mesa.
Respiró hondo.
Con un movimiento lento y deliberado, desdobló la lengüeta de metal y abrió la carpeta.
El interior estaba lleno.
No era un solo documento. Era un expediente grueso, atado con una cinta.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...