Adrián Morales se desvaneció en la noche, dejando tras de sí solo el eco de sus palabras y la presencia física de la carpeta sobre la mesa del lobby.
Alejandra no se movió.
Se quedó de pie, a una distancia segura, observando el objeto como si fuera una serpiente enroscada, lista para atacar.
Su mente, entrenada en el arte de la sospecha, trabajaba a toda velocidad.
Esto tenía que ser una trampa.
No podía ser otra cosa.
Un hombre como Adrián no actuaba por penitencia. No regalaba información por bondad. Cada uno de sus movimientos era un cálculo. Cada gesto, una estrategia.
¿Qué era esto? ¿Un intento de sembrar desinformación? ¿Un documento falso diseñado para llevarla por un camino equivocado?
¿Quizás la carpeta contenía algo que la incriminara? ¿Una forma de devolverle el golpe por el video de Paulina?
La desconfianza era un sabor amargo en su boca.
Durante diez largos minutos, no la tocó.
Ramiro, el guardia de seguridad, la observaba desde su escritorio, su rostro arrugado por la curiosidad.
Finalmente, sabiendo que no podía dejarla allí, Alejandra se acercó.
No la tocó con las manos desnudas. Usó un pañuelo de papel de su bolso para levantarla por una esquina.
El cartón se sentía grueso, pesado. Lleno de algo.
La llevó arriba, al taller, sosteniéndola lejos de su cuerpo, como si pudiera estar contaminada.
Cerró la puerta con llave detrás de ella.
Colocó la carpeta en el centro de su mesa de trabajo, bajo la dura luz de una lámpara de arquitecto.
El sobre de manila parecía absorber la luz, un rectángulo de misterio y potencial peligro.
Se quedó mirándolo.
Su instinto de supervivencia le gritaba que la quemara. Que la destruyera sin abrirla. Que no jugara el juego de Adrián.
Pero su curiosidad, esa necesidad de saber, de entender, era más fuerte.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...