La verdad no liberó a Adrián.
Lo aniquiló.
La ira, que había sido su combustible, se evaporó.
El odio, que le había dado un propósito, se disolvió.
Lo que quedó fue un vacío. Un abismo de dolor tan profundo que le robó el aliento.
Se quedó mirando el espacio vacío donde había estado el teléfono de Ricardo, pero todo lo que veía eran las imágenes grabadas a fuego en su mente.
La sonrisa de Natalia en los brazos de otro hombre.
Su dinero, fluyendo hacia las cuentas de un desconocido.
Sus palabras, "mi cajero automático personal", repitiéndose en un eco infinito en su cabeza.
Toda su vida, su devoción, su obsesión… había sido una farsa.
Una broma.
Él no era su caballero andante. Era el tonto.
Un sonido gutural, ahogado, escapó de su garganta.
No era un grito de rabia. Era el sonido de un corazón rompiéndose.
Apoyó la frente en el volante de la camioneta.
El plástico frío contra su piel era lo único real en un mundo que se había vuelto una mentira.
Y entonces, se echó a llorar.
No fueron las lágrimas silenciosas y dignas de un hombre de su estatus.
Fueron los sollozos desgarradores y feos de un niño al que le acaban de decir que los Reyes Magos no existen.
Lloró por su amor perdido. Lloró por su orgullo destrozado. Lloró por la estupidez de su propia ceguera.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...