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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 349

El sonido de los nudillos de Ricardo contra el cristal fue más fuerte que un disparo en el silencio tenso de la calle.

Dentro de la camioneta, Adrián Morales se quedó paralizado.

El pánico le atenazó la garganta, un nudo helado de adrenalina y miedo. Su plan, tan simple, tan brutal, se había desmoronado en un instante.

Miró por el espejo retrovisor. Los hombres de Ricardo estaban de pie, inmóviles, sus armas apuntando discretamente hacia el suelo, pero su postura no dejaba lugar a dudas. Eran profesionales. Sabían lo que hacían.

Su propia gente, Horacio y Méndez, estaban pálidos, con las manos a la vista, aterrorizados.

Estaba atrapado.

La rabia reemplazó al miedo. Rabia por haber sido descubierto. Rabia por haber sido humillado.

Ricardo volvió a golpear la ventana.

Con un gruñido de furia, Adrián apretó el botón y la ventanilla bajó con un zumbido eléctrico.

—¿Qué quieres, Estevez? —espetó, su voz temblando de ira.

Ricardo no respondió a la pregunta. Lo miró. No con odio. Con algo peor. Con una mezcla de lástima y un profundo desprecio.

No hubo una pelea física. Ricardo no necesitaba ensuciarse las manos. Su arma era mucho más afilada.

—¿De verdad crees que ella te ama?

La pregunta fue un susurro, pero golpeó a Adrián con la fuerza de una bofetada.

—¿Crees que vale la pena todo esto? —continuó Ricardo, su voz desprovista de emoción.

Sacó su teléfono. Con la calma de quien muestra un informe de negocios, lo sostuvo frente al rostro de Adrián.

En la pantalla, apareció una fotografía.

Era Natalia. Estaba en la terraza de un hotel en Santorini, sonriendo a la cámara.

Pero no estaba sola.

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