El sol de la tarde se filtraba a través de las ventanas del taller, pintando largas sombras sobre el suelo de cemento pulido.
La reunión había terminado.
Alejandra despidió a los diseñadores de empaques con una sonrisa profesional, su mente ya trabajando en las modificaciones que habían discutido.
Se sentía bien.
Por primera vez, el futuro no era un campo de minas, sino un lienzo en blanco.
—¿Te llevo a casa, fresita? —preguntó Valeria desde la puerta del taller, haciendo girar las llaves de su vieja camioneta.
Alejandra negó con la cabeza.
—No, gracias. El chófer de Ricardo debe estar esperando en la esquina. Es parte del… acuerdo.
Valeria puso los ojos en blanco, pero asintió.
—Cuídate. No me gusta esto. Siento que estamos tentando al diablo.
—El diablo no sabe con quién se está metiendo —respondió Alejandra, una calma helada en su voz.
Se despidieron. Alejandra se colgó el bolso al hombro y salió del taller, cerrando la puerta con llave detrás de ella.
La calle estaba tranquila, casi adormecida por el calor de la tarde.
El sedán negro que Ricardo usaba como su coche personal estaba aparcado discretamente a unos cincuenta metros, justo como habían acordado.
Alejandra comenzó a caminar hacia él.
El aire estaba quieto. Demasiado quieto.
No lo vio venir, pero lo sintió.
Un cambio en la presión del aire. El sonido sordo de un motor acelerando donde no debería haber ninguno.
Una camioneta de reparto, de un color gris anodino y sin logotipos, salió disparada de un callejón lateral.
Le cerró el paso, su parachoques deteniéndose a centímetros de sus rodillas.
El corazón de Alejandra dio un vuelco, un golpe seco y violento en su pecho.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...