Adrián colgó el teléfono.
El eco de los sollozos de Natalia resonaba en el silencio de su despacho.
Se quedó inmóvil por un largo minuto, mirando a través de la ventana panorámica la ciudad que se extendía a sus pies.
Su mente, entrenada para la precisión y la lógica, trabajaba a una velocidad febril.
Analizó la situación con la frialdad de un cirujano evaluando un caso terminal.
El daño mediático era irreversible. La reputación de Natalia estaba en cenizas.
El daño legal era catastrófico. La demanda de Elena, financiada por Graciela, era una fortaleza inexpugnable.
No podía ganar en sus tribunales. No podía ganar en la corte de la opinión pública.
Su lógica, retorcida por años de una obsesión no correspondida, lo llevó a una conclusión simple y aterradora.
Si no podía ganar el juego, tenía que cambiarlo.
Si no podía salvar a Natalia, tenía que darle un arma. Una palanca. Algo tan poderoso que obligara a sus enemigos a negociar.
Y el punto de apoyo de todo ese universo de dolor, la causa de cada lágrima de Natalia, era Alejandra Robles.
El plan se formó en su mente, no como una idea malvada, sino como la única solución lógica y necesaria.
Era simple. Era brutal.
Secuestrarla.
Tomar a la reina del tablero enemigo y usarla como rehén.
Obligar a Ricardo Estevez, el hombre que la había abandonado y luego protegido, a detener la guerra.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...