El pánico era un animal con garras afiladas, y se estaba abriendo paso a través del pecho de Natalia.
Los papeles de la demanda esparcidos por el suelo de la suite del Four Seasons no eran solo documentos legales.
Eran las lápidas de su futuro.
Se arrastró por la alfombra de seda, su manicura francesa perfecta arañando la tela, y buscó a tientas su teléfono.
Sus dedos temblaban tanto que tardó tres intentos en desbloquear la pantalla.
Descartó las llamadas de su madre, de sus antiguos "amigos", de los bancos.
Solo había un nombre en su mente.
Un ancla en su océano de desesperación. Un arma de último recurso que siempre había mantenido afilada y lista.
Adrián.
Presionó el botón de llamar.
La voz de él contestó al segundo tono, suave y controlada.
—Nati, ¿qué pasa?
Y entonces, la presa se rompió.
La actuación se desvaneció. La manipulación calculada fue reemplazada por una histeria cruda y genuina.
—¡Adrián! —gritó, su voz desgarrada por un sollozo que le arañó la garganta—. ¡Adrián, tienes que ayudarme!
Un silencio preocupado al otro lado de la línea.
—Nati, cálmate. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estás?
—¡Me destruyó! —sollozó, las palabras tropezando unas con otras en un torrente de pánico—. ¡Ricardo me destruyó!
»¡Me demandaron! ¡La nieta de la vieja esa! ¡Quieren quitarme todo, Adrián! ¡Todo!

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...