Las últimas palabras de Ricardo, "No hay perdón para eso", quedaron suspendidas en el aire viciado de la sala de juntas.
No eran una simple declaración de ira.
Eran una sentencia.
Sofía y Mateo se quedaron inmóviles, petrificados por el frío que emanaba de su primo.
El Ricardo que conocían, el que era fácilmente manipulable por las lágrimas de Natalia, el que toleraba sus insolencias, había desaparecido.
El hombre que estaba frente a ellos era un extraño. Un juez. Un verdugo.
Él no les dirigió ni una palabra más.
Se movió con una calma deliberada hacia su escritorio en la cabecera de la inmensa mesa.
Se sentó en su silla de cuero, el trono desde el cual gobernaba su imperio.
Y tomó su teléfono.
Mientras Sofía y Mateo observaban, paralizados por el horror, él comenzó a desmantelar sus vidas.
Metódicamente. Sin emoción. Como si estuviera ejecutando una simple transacción de negocios.
Su primer pulgar se deslizó por la pantalla y presionó un contacto.
La llamada fue contestada al instante.
—Ramiro, habla Estevez —dijo Ricardo, su voz era un témpano de hielo—. Necesito que congeles todas las cuentas y líneas de crédito a nombre de Sofía y Mateo Rojas Ibáñez. Las personales, las de la empresa, las tarjetas de sus fondos fiduciarios. Todas. Con efecto inmediato.
Hubo una pausa al otro lado de la línea.
—No, no quiero un informe. Quiero que se haga. Ahora.
Colgó.
Sofía ahogó un sollozo. Su acceso al mundo, su poder, acababa de ser cortado.
Sin dudarlo, Ricardo marcó otro número.
—Arturo. Soy Ricardo. Escúchame con atención. Mis primos, Sofía y Mateo, desocupan sus apartamentos en Bosques de las Lomas hoy.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...