El eco de la furia de Valeria todavía resonaba en el oído de Alejandra mucho después de que la llamada terminara.
Casi al mismo tiempo, como si el universo estuviera orquestando una sinfonía de poder y control, sonó el intercomunicador del penthouse.
La voz del conserje fue respetuosa. —Señorita Robles, tiene una entrega.
Alejandra bajó al lobby.
Un mensajero con un impecable uniforme le entregó una delgada carpeta de cuero italiano. Era pesada, lujosa. No había remitente.
Subió de nuevo a su jaula dorada y la abrió sobre la mesa de centro de mármol.
Dentro, sobre un papel de un gramaje exquisito, había un juego de llaves de aspecto antiguo y un documento.
El contrato de arrendamiento y los títulos de propiedad de un local comercial.
En la Avenida Presidente Masaryk.
El corazón de Polanco. La calle más cara de América Latina.
La dirección estaba impresa en una tipografía elegante, una sentencia de lujo y poder.
Alejandra miró las llaves.
No sintió gratitud. No sintió emoción.
Sintió el frío peso del oro.
Eran los grilletes más caros que jamás había visto.
No era un regalo. Era una declaración. "Te doy un local que nunca podrías permitirte. Te doy el éxito que nunca podrías alcanzar por ti misma. Te doy todo, y por lo tanto, no tienes nada que no sea mío".
Las piezas encajaban con una claridad nauseabunda. Pagar la deuda de Valeria. Comprarle una tienda. Eran los movimientos de un hombre que no sabía cómo pedir perdón, solo cómo comprar la sumisión.
Se quedó mirando los documentos, el logo del notario público, las firmas.
El teléfono volvió a sonar. Era Valeria, su voz todavía cargada de una frustración impotente.
—¿Qué vamos a hacer, Ale? No podemos aceptar esto. ¡Es como venderle el alma al diablo!
Alejandra tomó una de las llaves. Estaba fría, pesada. La hizo girar entre sus dedos.
La calma en su propia voz sorprendió incluso a Valeria.
—Tranquila.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...