El sol del mediodía caía a plomo sobre Coyoacán, pero el aire bajo la lona del puesto de "Raíz de Origen" era un oasis de frescura y actividad.
El negocio bullía.
Valeria se movía como un pez en el agua, atendiendo a tres clientes a la vez, su risa ronca y su energía contagiosa llenando el pequeño espacio.
—¡Claro que sí, jefa! Esta cremita de agave le va a dejar la piel más suave que conciencia de político —bromeaba con una señora, mientras con la otra mano le cobraba a un joven turista.
Se sentía invencible.
Cada billete que entraba en la caja de metal era un ladrillo más en el muro de su independencia, un "jódete" silencioso para todos los que alguna vez la habían subestimado.
Estaban construyendo algo real, con sus propias manos, su propio sudor.
Fue entonces cuando su teléfono, que descansaba sobre una caja de cartón, comenzó a vibrar.
Era un número desconocido, de una oficina.
Con un gesto de fastidio, contestó, sosteniendo el teléfono con el hombro mientras envolvía un frasco en papel de estraza.
—Bueno, Refacciones Domínguez a sus órdenes, ¿en qué le puedo ayudar? —dijo por costumbre, su voz todavía cargada de la energía del mercado.
—¿Hablo con la señorita Valeria Domínguez? —preguntó una voz masculina, formal y sin emociones.
—La misma que viste y calza —respondió Valeria—. ¿Quién pregunta?
—Hablo del Banco Mercantil del Norte, señorita Domínguez. El motivo de mi llamada es para informarle sobre la liquidación de un crédito a su nombre.
Valeria frunció el ceño. —¿Liquidación? ¿De qué me habla? Yo no tengo ningún crédito con ustedes.
—El crédito no era directamente con nosotros, era un préstamo privado con el señor José Avilés, alias "Don Pepe". Nuestro banco solo fungió como intermediario para la transferencia final.
El corazón de Valeria se detuvo.
Don Pepe.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...