La oficina de Ricardo Estevez en el piso más alto de la Torre Estevez era su fortaleza.
Un santuario de poder donde el caos del mundo se ordenaba en hojas de cálculo y proyecciones de ganancias.
Esa mañana, sin embargo, la fortaleza se sentía como una celda.
Estaba sentado detrás de su enorme escritorio de ébano, pero no veía los informes de mercado ni los contratos que esperaban su firma.
Veía el rostro de Alejandra. Su indiferencia. Su poder silencioso.
La culpa era un animal vivo en su pecho, royéndolo desde dentro.
Necesitaba actuar. Necesitaba arreglarlo.
Y Ricardo Estevez solo sabía arreglar las cosas de una manera.
Con dinero. Con poder.
No sabía cómo pedir perdón. No sabía cómo sanar una herida.
Pero sabía cómo comprar una solución.
Tomó el intercomunicador, su voz era un gruñido ronco.
—Javier, a mi oficina. Ahora.
Su asistente entró un segundo después, sus ojos muy abiertos por la apariencia de su jefe.
Ricardo ignoró su mirada de asombro.
Su mente, incapaz de procesar la emoción, había vuelto a lo que mejor sabía hacer: los negocios.
Y en ese momento, recuperar a Alejandra se había convertido en el negocio más importante de su vida.
—Tengo tres tareas para ti —dijo, su tono era el de un CEO lanzando una OPA hostil—. Son de máxima prioridad. Cancela todo lo demás.
Javier sacó su libreta, su pluma temblando ligeramente.
—Primero: quiero que averigües si la socia de la señorita Robles, una tal Valeria Domínguez, o su familia, tienen alguna deuda. Hipotecas, préstamos de coche, tarjetas de crédito. Lo que sea. Quiero el monto exacto.

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Hasta ahora esta muy interesante...