Un zumbido sordo y persistente se filtró a través de las capas de su sueño.
No fue un sonido agudo. Fue una vibración.
Lenta. Insistente.
Alejandra se movió entre las sábanas de seda, su cuerpo pesado por un descanso profundo y sin sueños.
Abrió los ojos a la oscuridad casi total de la suite. La tormenta había pasado, dejando tras de sí un silencio espeso y el aire limpio y frío de la madrugada.
La vibración venía de la mesita de noche.
Su teléfono. El que Ricardo le había dado.
Se incorporó, apoyándose en un codo. El movimiento fue lánguido, perezoso.
El brillo de la pantalla era una herida de luz blanca en la penumbra.
Lo tomó.
El dispositivo estaba frío al tacto.
En la pantalla, una notificación de mensaje nuevo.
De él.
Sus dedos, firmes y sin el más mínimo temblor, desbloquearon la pantalla.
Abrió el mensaje.
Las palabras aparecieron, crudas, desnudas, despojadas de toda la arrogancia que lo definía.
"Lo sé todo. Perdóname."
Alejandra leyó la frase.
Una vez.
Dos veces.
No sintió una oleada de triunfo. No sintió la calidez de la vindicación.
Sintió algo mucho más frío. Más puro.
La confirmación.
La confirmación de que el poder, todo el poder, ahora residía en la palma de su mano.
Él había confesado. Se había rendido. Había entregado su espada, su escudo, todo.
Estaba desarmado. Roto. Esperando su juicio al otro lado de la puerta.
Una sonrisa se dibujó en sus labios en la oscuridad.
Fue una sonrisa lenta, casi imperceptible.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...