Las horas de la noche se desangraron lentamente, una herida oscura y sin fin.
La tormenta amainó, transformándose en una llovizna persistente y fría que se adhería a todo como una segunda piel de miseria.
Ricardo seguía en el pasillo.
El temblor ya no era solo por el frío. Era un espasmo profundo, un agotamiento que le nacía de los huesos.
Su cuerpo, acostumbrado al lujo y al confort, estaba librando una rebelión silenciosa. Sus músculos dolían con una rigidez punzante. Sus dientes castañeteaban en un ritmo incontrolable.
Su mente era un caos.
El alcohol se había evaporado de su sistema hacía mucho tiempo, dejándolo con una claridad dolorosa, sin filtros. Se vio a sí mismo con una objetividad brutal, despojado de su apellido y su poder.
El magnate. El heredero. El hombre que lo tenía todo.
Y que no valía nada.
Se dio cuenta de que había pasado su vida construyendo un imperio de poder y control, pero su vida personal era un desierto.
Un páramo de relaciones transaccionales y afectos fingidos, tan estéril como el mármol del penthouse.
Natalia. Adrián. Sus primos. Su abuelo.
Ninguno de ellos lo amaba. Amaban lo que representaba: su poder, su estatus, su dinero. Eran satélites orbitando alrededor de una estrella de la que solo querían calor y luz.
Y la única persona que quizás, alguna vez, lo había amado de verdad, con una devoción pura y ciega… la había destruido.
Metódicamente.
Cruelmente.
Sin piedad.
En medio de la noche, temblando de frío y de autodesprecio, sacó su teléfono.
El dispositivo, supuestamente resistente al agua, funcionaba a duras penas. La pantalla estaba cubierta de gotas de lluvia que distorsionaban la luz.
Sus dedos, entumecidos por el frío, se sentían torpes, ajenos. Le costó tres intentos desbloquear la pantalla.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...