Al otro lado de la puerta, la tormenta era una sinfonía.
Alejandra estaba de pie junto al ventanal de su habitación, observando el espectáculo de la furia de la naturaleza.
Los relámpagos iluminaban su rostro, proyectando sombras fugaces sobre sus rasgos serenos.
Veía las cortinas de lluvia azotar los cristales, oía el rugido profundo de los truenos que sacudían los cimientos de la torre.
No sentía miedo.
Sentía una extraña y profunda sensación de paz.
Sabía que él estaba ahí fuera.
Empapado. Temblando. Sufriendo.
No sentía compasión.
La tormenta no era solo agua y viento para ella. Era un recuerdo.
Un eco.
La noche en que Luna murió también había sido una noche de tormenta.
Recordaba el sonido de la lluvia golpeando el techo del coche mientras su hija convulsionaba en el asiento trasero.
Recordaba el frío. No el frío de la lluvia, sino el frío de la indiferencia de Ricardo.
Su rostro, tenso. Su voz, cortante. "No hagas un drama".
La había dejado sola en su tormenta personal, la más devastadora de todas.
La había abandonado en medio de un huracán de dolor y desesperación.
Y ahora, el universo, con una ironía poética y cruel, le devolvía el favor.
Lo había dejado a él solo, en medio de su propia tormenta.
Una tormenta de culpa y arrepentimiento.
El sufrimiento de él no le producía alegría.
La venganza no era un sentimiento cálido y satisfactorio.
Era simplemente… el restablecimiento del equilibrio.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...