La noche se desplomó sobre Santa Fe con la violencia de un telón de acero.
El cielo, antes un lienzo de estrellas frías y distantes, se cubrió con un manto de nubes negras y pesadas.
El aire se volvió denso, eléctrico.
Y entonces, la tormenta estalló.
No fue una lluvia suave. Fue un diluvio. Un torrente de agua helada que se precipitó sobre la ciudad con una furia bíblica.
Los relámpagos rasgaban el cielo, iluminando por una fracción de segundo los rascacielos de cristal, transformándolos en lápidas momentáneas.
El trueno retumbaba, un rugido gutural que hacía vibrar las ventanas del penthouse.
En el pasillo del piso cincuenta, Ricardo seguía sentado en el suelo.
El corredor, un espacio de diseño semiabierto que los arquitectos habían llamado "terraza interior", estaba parcialmente expuesto a los elementos.
El viento aullaba a través de las aberturas, un grito lastimero que arrastraba consigo cortinas de lluvia.
El agua comenzó a salpicar el suelo de mármol.
Al principio, eran solo gotas.
Luego, un rocío fino.
Y finalmente, ráfagas de agua helada que lo golpeaban como agujas.
No se movió.
Su traje, una obra de arte de sastrería italiana que valía más que el coche de un hombre promedio, comenzó a oscurecerse, a empaparse.
La tela se le pegó a los hombros, a la espalda.
El frío se filtró a través de la camisa de algodón egipcio, llegando hasta su piel.
Empezó a temblar.
Un temblor incontrolable que venía tanto del frío como del agotamiento y la miseria de su alma.
Se quitó el saco. La prenda, arruinada, pesaba como plomo. La dejó caer a un lado, donde formó un charco oscuro sobre el mármol pálido.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...