La puerta permaneció cerrada.
El silencio, una pared infranqueable.
Ricardo no se movió.
La idea de irse, de retirarse a su propia suite y lamerse las heridas en la soledad, era intolerable.
Sería una admisión de derrota. Sería aceptar que ya no tenía ningún poder, ninguna influencia sobre ella.
Así que se quedó.
Lentamente, se deslizó por la pared del pasillo hasta quedar sentado en el suelo.
Apoyó la cabeza en sus rodillas, el pasillo del penthouse de lujo transformado en su celda personal.
Se negó a irse.
Era un acto de penitencia. Un asedio silencioso.
Era lo único que se le ocurría hacer.
Esperar.
Pasó una hora. Luego dos.
El personal nocturno del edificio comenzó sus rondas.
Un joven de seguridad, nuevo en el trabajo, subió al piso para una revisión de rutina.
Vio a Ricardo.
Se quedó helado, sus ojos se abrieron como platos.
El gran Ricardo Estevez, el dueño del edificio, el hombre cuya firma aparecía en sus cheques de pago, estaba sentado en el suelo de un pasillo, arrugando un traje de miles de dólares, con la mirada perdida.
El guardia no supo qué hacer. Murmuró un "buenas noches, señor" y prácticamente huyó, corriendo a contarle a sus compañeros la escena surrealista que acababa de presenciar.
La humillación de Ricardo comenzaba a tener público.
Dentro de la habitación, Alejandra se levantó.
Caminó hacia la pequeña cocina de su suite.
Con movimientos tranquilos y deliberados, puso a calentar agua.
Abrió un frasco de vidrio que contenía hojas secas de poleo, una hierba que le recordaba a los campos de Oaxaca.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...