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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 301

El tiempo se estiró, se volvió denso y pegajoso en el pasillo silencioso.

Ricardo seguía de pie frente a la puerta, su mano suspendida en el aire, una estatua de arrepentimiento y cobardía.

Cada segundo que pasaba, el peso de su culpa se hacía más insoportable.

La imagen de su rostro, la marca de la bofetada, la forma en que se había arrodillado sin derramar una lágrima.

La recordaba en la alberca, hundiéndose.

La recordaba en el concurso, enfrentándose a todos, sola.

Era más fuerte que él. Siempre lo había sido. Y él la había castigado por ello.

Finalmente, la vergüenza superó a la parálisis.

Dejó caer la mano.

Y tocó la puerta.

No fue el golpe autoritario de un hombre que exige entrada.

Fue un toque suave, vacilante. Tres golpes tímidos que apenas perturbaron el silencio.

El sonido de un mendigo pidiendo limosna.

Esperó.

El silencio al otro lado de la puerta era absoluto.

No había un "¿quién es?".

No había el sonido de pasos acercándose.

Nada.

Se inclinó, apoyando la frente en la madera fría. El material se sentía sólido, definitivo.

—Alejandra…

Su propia voz sonaba extraña en sus oídos. Ronca. Quebrada. La voz de un extraño.

—Por favor.

La palabra le costó un esfuerzo físico. Nunca la había usado. No con ella. No con nadie.

—Necesito… necesito hablar contigo.

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