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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 300

El viaje en el ascensor privado fue un ascenso hacia el abismo.

Las paredes de acero pulido reflejaban una versión distorsionada de Ricardo. Un hombre con el traje arrugado y la mirada vacía.

No había pensado en lo que iba a decir.

Las palabras no existían para el crimen que había cometido.

¿Cómo se empieza a pedir perdón por la crueldad?

¿Cómo se disculpa uno por haber sido un monstruo?

El ascensor se detuvo con un suave susurro, abriéndose directamente al vestíbulo del penthouse.

El silencio del lugar era una acusación.

Cada superficie de mármol, cada mueble de diseño, cada obra de arte en las paredes parecía juzgarlo.

Sus pasos, normalmente tan firmes y autoritarios, resonaron en el vacío, lentos, pesados.

No fue a la barra a servirse un trago.

No fue a su estudio a enterrarse en el trabajo.

Sus pies lo llevaron, como si tuvieran una voluntad propia, por el pasillo que conducía a la habitación de ella.

A la jaula que él había construido para ella.

Se detuvo frente a la puerta de madera oscura.

Era solo una puerta. Pero en ese momento, le pareció tan infranqueable como la muralla de una fortaleza.

Detrás de esa puerta estaba ella.

La mujer a la que había humillado. La mujer a la que había castigado. La mujer a la que había abandonado en el fondo de una alberca.

Levantó la mano.

El movimiento fue lento, agónico. Como si estuviera levantando una losa de plomo.

Su mano temblaba.

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