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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 288

El dique de miedo que había contenido al Dr. Benítez durante años finalmente se rompió.

Se desmoronó.

Los sollozos que sacudían su frágil cuerpo no eran de tristeza. Eran de un terror antiguo, un terror que había vivido con él cada día en su exilio polvoriento.

—Sí, lo recuerdo —susurró, su voz rota, apenas un hilo de sonido en la quietud de la cabaña—. El cuerpo de Roberto Robles.

Adrián no dijo nada. No lo apresuró. Simplemente esperó, su paciencia era la de un depredador que sabe que su presa ya no tiene a dónde huir.

—Las heridas eran consistentes con el accidente —continuó Benítez, sus ojos fijos en un punto invisible del suelo de madera—. Pero había algo más. Algo que no encajaba.

Se llevó una mano temblorosa al cuello.

—Una marca. Pequeña, casi imperceptible. En la base del cráneo. Una marca de punción. Limpia. Profesional.

Respiró hondo, un sonido sibilante.

—No había sangrado. Lo que significaba que se la hicieron después de que su corazón se detuvo.

Adrián se inclinó hacia adelante, su concentración era absoluta.

—Tomé una muestra de sangre —dijo Benítez—. Tenía una corazonada. Solicité un análisis toxicológico completo. Buscaba un agente paralizante. Algo que lo hubiera inmovilizado antes del… "accidente".

La historia se derramó de él, un torrente de verdad envenenada que había mantenido encerrada por demasiado tiempo.

—Al día siguiente, me llamaron a la oficina del director. Fausto Luján.

El nombre cayó en la habitación, pesado y oscuro.

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