Adrián no se quedó en Veracruz ni una hora más.
Dejó al Dr. Benítez temblando en su cabaña decaída, con un cheque sobre la mesa que era a la vez un pago y un bozal.
El viaje de regreso a la Ciudad de México, en la oscuridad de la noche, no fue un tiempo de reflexión. Fue un tiempo de estrategia.
El nombre de Fausto Luján era la llave. La confesión de Benítez era el mapa. Ahora necesitaba la prueba documental, el arma humeante.
Llegó a su penthouse en Santa Fe justo antes del amanecer. El sol, al salir, proyectaba su silueta larga y afilada sobre la ciudad dormida.
No durmió.
Se sentó en su estudio, la única luz era la de la pantalla de su laptop, y tomó su teléfono de prepago.
La voz de Ramos, el investigador, sonó tan despierta y eficiente como si fueran las tres de la tarde.
—Ramos, habla Morales. Nuevo objetivo.
—Lo escucho.
—Fausto Luján. Ex director del Hospital Ángeles. Quiero todo. Fotos, registros de propiedad, viajes, deudas de juego, amantes. Todo.
Hizo una pausa, su voz bajando de tono, volviéndose más específica, más letal.
—Específicamente, quiero cualquier conexión, por pequeña que sea, con Don Guillermo Estevez. Concéntrese en el año de la muerte de Roberto Robles.
—Entendido. Será más caro. Luján es del círculo íntimo. Bien protegido.
—El presupuesto es ilimitado —dijo Adrián y colgó.
No tuvo que esperar mucho. La gente como Luján, la gente que vive en el resplandor del poder de otros, siempre deja un rastro de arrogancia.
Los resultados llegaron en un goteo rápido y satisfactorio.
Primero, las fotos. Ramos le envió una docena de imágenes de archivo de eventos sociales de hacía dos años. Fausto Luján y Don Guillermo, sonriendo juntos en una gala benéfica. En un palco en el hipódromo. En la inauguración de una galería de arte. La conexión visual estaba establecida.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...