Pasaron cuarenta y ocho horas.
Un silencio lleno de potencial.
Adrián continuó con su vida. Realizó una rinoplastia perfecta. Asistió a una junta del consejo de la farmacéutica. Cenó con sus padres.
Interpretó su papel en el gran teatro de la alta sociedad, pero su mente estaba en otra parte.
Estaba en la caza.
El teléfono de prepago vibró en la tercera noche.
Estaba en su penthouse, un espacio tan minimalista que parecía un museo. La llamada interrumpió la Novena Sinfonía de Beethoven, que sonaba en su sistema de audio de alta fidelidad.
Adrián bajó el volumen y contestó.
—Morales.
—Ramos —dijo la voz del investigador, tan impersonal como siempre—. Lo encontré.
Adrián no dijo nada. Esperó.
—O lo que queda de él —añadió Ramos.
Adrián se acercó al ventanal. La ciudad era una alfombra de diamantes a sus pies.
—Explícate.
—El Dr. Elías Benítez fue "jubilado anticipadamente" del Hospital Ángeles.
—¿Cuándo?
—Un mes después de firmar el acta de defunción de Roberto Robles.
La coincidencia era un martillazo.
—La razón oficial en su expediente es "problemas de salud mental". Estrés postraumático. Agotamiento. El paquete completo.
—¿Y la verdad? —preguntó Adrián.
—La verdad es que lo presionaron. Hablé con una enfermera que trabajó con él. Una mujer a punto de jubilarse, con la lengua más suelta. Dijo que Benítez estaba obsesionado con el caso Robles. Decía que algo no cuadraba. Hacía demasiadas preguntas. Una semana después, limpió su casillero y nunca más lo volvieron a ver.
Adrián sintió una oleada de adrenalina fría. Estaba en el camino correcto.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...