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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 282

El bar del hotel St. Regis era una cueva de sombras y susurros.

Un lugar donde las paredes de madera oscura absorbían los secretos y el suave jazz de fondo servía como banda sonora para tratos que nunca verían la luz del día.

Adrián Morales eligió el reservado más oscuro, un cubículo de cuero rojo que garantizaba un anonimato casi absoluto.

No pidió un cóctel. Solo un agua mineral. Necesitaba la mente clara para la cirugía que estaba a punto de realizar.

Su contacto llegó diez minutos tarde, un hombre de mediana edad con un traje que le quedaba un poco apretado y una capa de sudor brillando en su frente a pesar del aire acondicionado.

Era el administrador del Hospital Ángeles, un hombre llamado Velasco.

Se deslizó en el asiento frente a Adrián, sus movimientos eran nerviosos, los de un ratón en una jaula con una serpiente.

—Adrián —dijo, su voz era un susurro tenso—. Esto es una locura.

Adrián no respondió. Simplemente lo miró, sus ojos fríos y pacientes, dejando que el silencio hiciera el trabajo sucio.

—Conseguir esos expedientes… es ilegal —continuó Velasco, retorciéndose las manos—. El sistema tiene registros de acceso. Si alguien se entera… si los Estevez se enteran… estoy acabado. Mi carrera, mi familia… todo.

Adrián finalmente habló. Su voz era suave, casi tranquilizadora, lo que la hacía aún más aterradora.

—Nadie tiene por qué enterarse, Velasco. Esto es un asunto de salud. Una consulta privada.

—Pero…

Adrián se inclinó ligeramente sobre la mesa. La sonrisa que le ofreció no llegó a sus ojos.

—La familia Morales —dijo, su tono era conversacional, como si estuviera comentando el clima—, es dueña del laboratorio que surte el ochenta por ciento de los medicamentos de tu hospital.

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