El mes siguiente fue un borrón.
Un torbellino de acción impulsado por el capital de Don Pepe y una determinación inquebrantable.
La guerra contra los Estevez se detuvo. No había tiempo para la venganza.
Había que construir.
La primera escena de su nueva vida tuvo lugar en una oficina de gobierno gris y anónima en el centro.
Alejandra y Valeria, sentadas en sillas de plástico duro, firmando una pila de papeles bajo la mirada aburrida de un burócrata.
Actas constitutivas, registros de marca, permisos sanitarios.
Cada firma era un ladrillo en el cimiento de su independencia.
La siguiente escena fue en el taller mecánico, a altas horas de la noche.
La luz de una laptop barata iluminaba sus rostros concentrados mientras discutían el logo que El Espectro les había diseñado.
—Tiene que ser más fuerte —decía Valeria, trazando líneas en el aire—. Que se vea la fuerza de la raíz.
—Pero también la delicadeza de la mujer —añadía Alejandra, ajustando una curva en el programa de diseño.
La tercera escena fue en la Merced, no en el mercado de Sonora.
Un laberinto de bodegas y diablos cargando cajas.
Compraron frascos de vidrio ámbar por millar. Cajas de cera de abeja. Aceites base.
Negociaron precios. Contaron el cambio. Cargaron las pesadas cajas ellas mismas hasta una vieja camioneta que el padre de Valeria les prestó.
El sudor y el dolor de espalda eran el precio de la autonomía.
Hubo noches de insomnio en la pequeña cocina del nuevo taller que alquilaron en la Doctores.
Alejandra, con el cabello recogido y una bata de laboratorio, midiendo, mezclando, perfeccionando las fórmulas.
Valeria, a su lado, imprimiendo etiquetas en una impresora de segunda mano, empaquetando los primeros lotes.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...