La tienda de abarrotes de Don Pepe era un universo en miniatura.
Estaba en el corazón de la colonia Guerrero, un local que olía a chiles secos, a piloncillo y a la cera de las veladoras que vendía en el mostrador.
La trastienda no era una oficina.
Era el centro de un pequeño imperio de favores y deudas.
Un par de cajas de refrescos servían de sillas. Una mesa plegable, coja, era el escritorio.
Don Pepe no era un banquero. Era un hombre de unos setenta años, con el cabello blanco y unas manos nudosas por el trabajo.
Pero sus ojos eran los de un tiburón. Pequeños, astutos y que no se perdían nada.
Escuchó en silencio mientras Alejandra hablaba.
Valeria, que había conseguido la reunión a través del primo de un compadre, se mantuvo de pie en un rincón, una guardiana silenciosa.
Alejandra no sacó su cuaderno con la hoja de cálculo. No habló de proyecciones de ventas ni de márgenes de beneficio.
Habló desde el corazón.
Le habló de su padre. De cómo le había enseñado a respetar la tierra.
Le habló del tepezcohuite, el árbol de la piel de los mayas. De la flor de cempasúchil, que no solo guiaba a los muertos, sino que también calmaba la ansiedad de los vivos.
Su voz era tranquila, pero vibraba con una pasión que era imposible de fingir.
Era la pasión de la verdad.
Luego, abrió su bolso y sacó un pequeño frasco de vidrio ámbar, sin etiqueta. Uno de los prototipos.
—Esto es "Renacer de Agave" —dijo.
Desenroscó la tapa y le ofreció el frasco a Don Pepe.
Él la miró por un largo segundo, sus ojos astutos evaluándola, sopesando no sus palabras, sino su espíritu.
Tomó el frasco.
Con un dedo, extrajo una pequeña cantidad de la crema pálida.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...